Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

próximos, y un mal oculto y febril le ibadesecando el húmedo radical y rebutiendo los
hipocondrios. A veces elsopor le vencía, y su boca entreabierta dejaba escapar un
balbuceo depesadilla, como si la calor del sueño hiciera bullir en su cerebro
lasrepresentaciones de su pasada existencia.
Vestía siempre de negro o de pardo, sin otra gala que la venera de oro yla roja
espadilla de Santiago, bordada en todos los sayos y ferreruelos.En invierno, para
ajustarse a la antigua regla de su orden, sólo usabahumildes pieles corderinas.
Ayunaba dos cuaresmas al año: una, desde eldía de Quatour Coronatorum hasta el día
de Navidad; otra desde elDomingo de Carnestolendas hasta la Pascua de
Resurrección.
Era su cuerpo menudo, su rostro cetrino y como hecho de raigambre. Elcorto
bigote, negro todavía, contrastaba con su barbilla cenicienta. Susojos eran vidriosos,
monásticos, tristes. Su humor sombrío. Creíadescender de un rey de Aragón, y hacía
remontar su apellido,etimológicamente, hasta un cónsul romano. El libro becerro de
Segovianombraba siempre algún antepasado suyo en las anuales correrías de
loscaballeros contra los moros de Jaén, de Sevilla, de Andújar.
Hasta los cincuenta y dos años de edad, despreciando todo trabajo comoindigno de
sus manos hidalgas, y viviendo exclusivamente de los censosde sus tierras y de los
escudos de oro que, uno a uno, iba sacando de uncofre, llevó una vida ociosa y
retirada en su posesión de Valsaín o ensu «Casa de los Picos» en Segovia, sin más
accidente de bulto que susbodas con una dama de ilustre familia abulense que, un año
después decasada, murió de sobreparto. Pero apenas estalló la rebelión de
losmoriscos, a fines de 1568, don Íñigo, sintiendo hervir en su sangre elatávico
rencor, reunió un día en su casa a sus amigos y parientesdemostroles con elocuentes
razones el imperioso deber de ayudar alsoberano contra aquellos perros infieles.
Muchos resolvieronacompañarle. Volcó entonces gran parte de su hacienda para
armar, a sucosta, una verdadera mesnada, como los infanzones antiguos.
A las órdenes del Marqués de Mondéjar, señalose en las refriegas por unacólera
irrefrenable, que más de una vez pudo costarle la vida,arrojándole completamente
solo entre los enemigos, en la saña de laspersecuciones. Predicaba la guerra sin
cuartel y la castración general.
El fue quien hizo descubrir al famoso caudillo Aben-Djahvar, por mediode
espantosos tormentos, dos escondites de armas en Sierra Nevada.
En el paso de Alfajarali recibió en medio de la frente el puntazo de uncuchillo
corvo que un morisco, de aquellos que peleaban coronados derosas en señal de
martirio, le arrojó desde lejos. Pero, en lo más rudode la campaña, tuvo que retirarse a
su heredad, desarzonado por unterrible ataque de gota, recibiendo poco después el
hábito de Santiago,en pago de sus servicios.
Remove