Not a member?     Existing members login below:

La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

Muy pronto se le descubrió al señor de la Hoz su vanidad dominante, ycasi no hubo
tertuliano que no le consultara acerca de la cuestiónactual de los conversos, o le
dirigiese alguna pregunta admirativa sobresus heroicos servicios en la campaña de la
Alpujarra. De lisonja enlisonja, fuéronle creando una fama grandiosa que a nadie
mortificaba, yya las gentes de la ciudad pronunciaban su nombre con profundo
respeto,como si en verdad se tratara de uno de los más célebres capitanes deaquella
guerra santa y vengadora.
Don Íñigo acabó por aficionarse a su propia tertulia. Aumentó el númerode los
criados, renovó las libreas, adquirió nuevos braseros de plata,nuevos velones y
candelabros, desempeñó de los genoveses sus mejorestapices. El encargado del
chocolate y los vinos era el segundo sacristánde San Pedro, amigo de Medrano. Tres
esclavos amasaban la harina. Unfamoso repostero de Madrigal preparaba las pastas,
un morisco la aloja.El maestresala, vestido como un gentilhombre flamenco,
comandaba a laservidumbre con signos casi imperceptibles. Al anochecer, de vuelta
asus casas, las visitas desfilaban entre doble hilera de lacayosapostados a lo largo de
los pasadizos, hasta la puerta de la calle, cadacual con un hacha de cera encendida.
Gastábase tanta luminaria como enla Iglesia Mayor. Todo era fastuoso y señoril.
Ramiro pensó que, al hacer su reaparición en la asamblea, todos losrostros se
volverían hacia él, y que hasta los varones más graves seadelantarían a
cumplimentarle por su proeza. Guarecido casi de suherida, pero flaco y sin fuerzas,
vistió una tarde su traje más lujoso,se ciñó la daga del morisco y presentose en la sala
pequeña, que hacíalas veces de primer recibimiento. Fuera del capellán de la
Anunciación yde un religioso franciscano de San Antonio, las personas que
allíestaban volvieron a verle con ultrajante naturalidad; y, al mentar, unoque otro, su
jornada, lo hicieron en términos tales, que parecíanreferirse a la diligencia más o
menos provechosa de algún alguacil. Eldesengaño le dejó confundido, y, no
sintiéndose con aliento para pasar ala cuadra contigua, donde se hallaban los
magnates y prelados, agazaposeen el más obscuro rincón, entre un grupo de
religiosos. El franciscano,arrimando su taburete, le dijo en voz baja:
—¡Nonada habelles descubierto la madriguera a esos lobos! Claro estáque vuestra
merced habrá de tener también sus envidiosos ycalumniadores; pero no pare mientes
en eso, que lo que agora dicen habráde llevárselo el viento como la paja.
—¿Y piensa vuesa Reverencia que alguien murmure?—preguntó Ramiro.
—Habladurías, habladurías—replicó el religioso con ademán dedesprecio.
—No disimule vuesa Reverencia si quiere probarme su afición, que nuncadaña
saber por dónde habemos de ser combatidos.
Remove