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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

alpecho la diestra. Las sortijas de Florencia resplandecían. Sus manoseran harto
hermosas y su extrema blancura denunciaba el uso nocturno delsebillo en los guantes
descabezados.
—El servicio que vuesa merced ha prestado a la Iglesia y al Rey—díjolea Ramiro,
antes de despedirse,—dejando a una parte el largo padecer,que eso no se mira en
hombres de vuestra sangre, no puede quedar sinrecompensa. Mañana debo partir para
la Corte. Yo he de pretender paravuesa merced el hábito de Alcántara; no faltará
quien desee complacerme.Vuesa merced—agregó—no tendrá con esto más trabajo
que reunir suspergaminos para la probanza de limpieza, e será como probar la
lumbredel sol.
Expresó Ramiro su reconocimiento y, con los ojos como deslumbrados,estrechó en
las suyas aquella mano generosa.
Apenas el cortesano se hubo alejado por la galería, doña Guiomararrojose a los pies
de Ramiro, abrazándose a sus rodillas. Con el rostrooculto y sacudida, por los
sollozos, pronunciaba palabrasincomprensibles; mientras su hijo repetía, asiéndola de
los hombros:
—¡Alzaos, madre; alzaos! ¿Qué os pasa? ¿Qué os hace llorar?
Ella levantó por fin su empapado rostro, y después de un instante:
—Una gran desdicha—respondió,—la más grande, la más cruel que
podíaacaecerme: ¡tu olvido de Dios, Ramiro; tu perdición!
—¿Mi olvido de Dios, madre? ¿Esto decís?
—Sí: el Demonio ha vencido en tu alma. Las vanidades y los premios delmundo te
desvanecen. Cuando don Alonso te hablaba del hábito pareciomever brillar en tus ojos
una lumbre de infierno. ¿Quién te pudo mudar deesta suerte? ¿Qué hechizo te han
echado en el corazón?
Luego, con la frase entrecortada por el llanto:
—Ya no eres, no, el hijo aquel de mis entrañas que caminaba tan radiosopor el
camino de la humildad y la penitencia, y que ofreció desde niñosu vida al Señor,
¡aquel mi Ramiro!... ¡aquel mi mancebillo santo!
Con estas palabras ocultó de nuevo el rostro entre las manos, sinlevantarse. Pero un
momento después, aquella madre desgarrada por eldolor, aquel ser que sólo parecía
capaz de ruegos y de lágrimas, púsoseen pie de un solo impulso, irguiendo su talle
ante Ramiro. Era unatransformación asombrosa, una ballestada del ánimo. Todo el
brío de laestirpe brilló un momento en aquella frente de abadesa indignada. Convoz
casi hombruna y justiciera, exclamó:
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