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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

Exigiole las señas de la casa misteriosa y de algunos conspiradores.Recordó el
mancebo su compromiso y, sin ánimo para escoger las palabras,cerró los ojos y
enmudeció. El lectoral se desesperaba. Llamábale aloído, paseábase a grandes trancos
por la cuadra y, volviendo otra vezjunto a él, le tocaba en el hombro.
Al mediodía, Ramiro, cuyo espíritu había realizado laborioso camino,hizo llamar al
lectoral.
—¿Cree vuesa merced—le preguntó—que existe algún medio honroso deanular un
juramento prestado a un infiel y con el cual me temo que estoydañando la causa de
nuestra Santa Iglesia? ¿No podría escribírsele,sobre el particular, al Nuncio de Su
Santidad en la Corte?
—Si habéis hecho promesa jurada a algún infiel—respondió elCanónigo—en contra
de la Santa Iglesia de Cristo, no son menesterNuncio, Papa, ni Concilio; sino un
confesor cualquiera que os saque delalma tamaño pecado mortal. Si es, como
imagino, juramento promisorio,requeríais «juicio de discusión», como lo apellida
Santo Tomás; es, asaber: el claro discernimiento de lo que hacíais; y éste os
faltó,puesto que estabais queriendo tomar a Dios como cómplice de un delitocontra su
Iglesia. Aun para el humano derecho, tal juramento no obligani engendra perjurio:
«Ca el juramento, que es cosa santa—dice, si malno recuerdo, la ley del Rey Sabio—
no fue establecido para mal facer;mas para las cosas derechas, facer e guardar.»
Luego dividió el asuntoen dos partes. De un lado ponía los compromisos
caballerescos ylegítimos, que la misma Iglesia amparaba como algo sacrosanto,
másprecioso que la vida; del otro, los pactos ilícitos, los juramentosanatemas, en
contra de la majestad de Dios o el interés de la Iglesia, yde los cuales era menester
desligarse, sin demora, pues si la muertesorprendía a un alma con semejante pecado,
arrojábala derecho a laspeores torturas del infierno; sobre todo si el juramento era
hecho enfavor de los enemigos de la religión.
Aquella elocuencia logró efecto instantáneo sobre Ramiro. Ya novacilaba. La sola
evocación del infierno, en instante como aquél, lehizo pensar vivamente. Recordó las
innumerables ofensas a Su DivinaMajestad durante el amancebamiento con la infiel y
pareciole que sucompromiso era una enorme piedra que el Demonio acababa de atarle
alcuello. Refirió, pues, al Canónigo todo lo que hiciera desde que le dejóen la plazuela
de la Catedral aquella tarde. Dijo la doble manera dellegar a la casa de los moriscos y
las señas de Aixa, de Gulinar y dealgunos conspiradores. Creyó con esto limpiar el
alma de la máculahorrible de sus amores de renegado, mostrando, por fin, al Señor,
que yano quedaban en su corazón ni vestigios del pasado apegamiento.
Al siguiente día, Ramiro cayó en un estado casi agónico. Sólo doñaGuiomar,
acompañada de Casilda y de una antigua doncella, le asistieron.
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