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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

Qué sorpresa, qué estupor, al siguiente día, cuando, al volver en sí,hallose en la
pieza contigua sobre un lecho perfumado, y asistido deAixa, de la anciana y del
generoso personaje que acababa de salvarle lavida. Y en los días que siguieron ¡qué
hospitalaria ternura la deaquellos infieles! El hombre rebuscaba en libros arábigos
combinacionesde simples que Gulinar, la vieja morisca, iba a coger en el contorno;
yAixa lavaba y vendaba la herida con manos embalsamadas de amor. Unungüento,
traído de la China hasta Arabia por los soldados, y de Arabiahasta Occidente por los
mercaderes, y que el moro aquel guardaba enprecioso bote de marfil, operó el
prodigio de su mejoramiento.
Durante las horas apacibles, las mujeres se alternaban contándole, comoa un niño,
historias resplandecientes, comparables a collares depedrería y que hacían soñar en
países lejanos y venturosos.
Las palabras de adiós del musulmán, al dejar, una tarde de septiembre,la casa
misteriosa, quedaron grabadas en su recuerdo. El sol seocultaba. Ramiro, cuya herida
comenzaba a guarecer, hallábase sentadojunto a la ventana que abría sobre el valle. El
hombre entró lentamentey se detuvo ante él. Por primera vez le veía llegar con
espuelas. Era loúnico que denunciaba para el oído su andar silencioso.
Melancólicaarrogancia ennoblecía todo su porte, y sus gestos eran varoniles
yrefinados.
—Voy a dejarte—exclamó.—La maldición de los creyentes ha caído sobremí. Me
arrojan por haberte salvado la vida. ¡No importa! Sólo quieropedirte, como única
paga, que si has de denunciallos a la justicia,avises a estas dos buenas mujeres, con
holgado tiempo, para que puedanhuir.
Ramiro accedió con un signo de cabeza.
—¿Lo prometes por tu honra?—preguntole en seguida.
—Sí—contestó el mancebo.
—¿Lo juras?
—Lo juro.
—Eso basta—replicó el musulmán; agregando:—¡Alá, para él la oración yla gloria,
te atraiga algún día a nuestra santa ley! Deja, Ramiro, elespionaje a los villanos. No
persigas al desgraciado morisco y haztereferir lo que fueron aquellos Djahvar de
Córdoba, espejos de ciencia,flores de caballería, y cuya sangre palpita, agora, en esta
cuadra.
El moro se inclinó un momento, poniéndole la mano sobre el hombro.Cuando
levantó la cabeza, sus ojos húmedos relucían en la penumbra.Entonces, desprendiendo
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