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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

Contrajo su labio el mancebo con un gesto de cólera, y la sangreencendiole de
súbito el rostro. ¿Qué hacer? Bajando la cabeza dioalgunos pasos, yendo y viniendo
por delante del caballero, y, enseguida, trémulo de orgullo, reveló la comisión secreta
que habíarecibido en nombre de Su Majestad.
—¡Ah! Harto bien se me alcanza—agregó—de dónde pueden venir esasaleves
calumnias y en qué pecho habré de hundir la espada cuandodetermine vengarme.
Don Alonso apretó en sus manos la mano estremecida del mancebo, ymirándole de
un modo profundo, con los ojos brillantes de emoción, ledijo:
—Nunca dudé de la honra de quien lleva una sangre tan calificada y tanlimpia
como la vuestra; pero huélgame declarar que las palabras queacabo de oíros me quitan
del alma una incomprensible pesadumbre. ¡Ea,dadme esos brazos!
Se estrecharon ceremoniosamente.
Subiendo a la silla de manos don Alonso, dirigiose a su morada,resuelto a favorecer
la alianza de su hija Beatriz con aquel mancebo encuya frente altanera había creído
leer el horóscopo de los grandeshonores.
La escena de la terraza y el reciente discurso del padre de Beatrizdesgarraron para
Ramiro el hechizo amoroso en que estaba viviendo. Crudaclaridad mostrábale ahora
las sinuosidades hipócritas de su conducta, elolvido total del deber, las falsas
confesiones a los pies del ministrode Dios. Todo por una mujer de otra raza cuya ley
religiosa no habíaquerido indagar demasiado para que el grito de la conciencia no
viniesea perturbar su lascivia. ¿Qué sabía de nuevo? ¿Qué leve indicio habíalogrado
sorprender después de visitar día a día aquella casa, cuyosmuros guardaban, quizá, el
secreto de la conspiración?
Su voluntad se enhestó. Estaba dispuesto a desagraviar a Dios mediantecualquier
heroísmo, por arduo que fuese. Había encontrado en mucho librode religión ejemplos
de grandes pecadores que redimieron su vidaabominable con un solo instante de
profundo arrepentimiento. Sedesceparía del pecho aquel amor de la sarracena y
jugaría su vida enalgún golpe inaudito de audacia. Entonces, cuando las gentes
seinclinaran ante él y nadie osara dudar de su honra, habría llegado elmomento de
vengarse de Gonzalo de San Vicente, pues no podía ser sino élquien, ayudado del
campanero, propalaba por la ciudad las malvadasinvenciones que le había referido el
hidalgo.
Volvió varias veces a la morería y a la casa misteriosa. Ya el cuerpo dela sarracena
le dejaba en el sentido un olor imaginario de unturabrujeril y de husmo. Con qué goce
tan grande comenzó a experimentar losprimeros impulsos de desapego. Rabiosa
fruición de tortura se mezclabaahora a todas sus caricias. Instantes hubo en que
meditó el modo mejorde suprimir para siempre a aquella hembra demasiado hermosa,
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