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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

Volvió a la casa del arrabal, no una vez, sino muchas. Comprendió queera inútil
resistir. A toda hora, el perfume de la mujer le embriagaba.Estaba en el ambiente, en
su boca, en sus manos, en sus vestidos. Era eldejo axilar, mezclado a un perfume de
jazmín y de algalia. Sus besoshúmedos, anchos, tenaces, se le quedaban en los labios.
Ella no le hizo sufrir la tortura de una larga impaciencia. A la segundavisita,
después de perfumarse los cabellos, rindiose con frenesí tansevero, que el amor
parecía entre sus brazos acto ritual y sagrado. Suslabios se entreabrían con doble
sonrisa de deleite y sufrimiento, comosi hubiera querido remedar el primer goce
doloroso de las vírgenes.
El imán de aquella sensualidad se fue haciendo cada vez más potente. Yaera raro el
día en que Ramiro no pasaba algunas horas con Aixa. A veces,junto a ella, sentíase
sobresaltado por una onda de tribulación, que learrugaba el sobrecejo y fijaba sus
pupilas. Aixa, entonces, tomándolelos labios con los suyos, le reventaba contra los
dientes un besodelicioso y tibio como un dátil; y, cada vez, la sorprendente caricia
lellenaba de sensualidad y de luz todo el ser.
Por fin, olvidando por completo la investigación que tenía que realizar,destemplado
por el amor, relajado por la molicie, Ramiro fue aceptando,insensiblemente, todos los
refinamientos que constituían la vidahabitual de su manceba. Apenas llegado, Aixa
tanteábale con horror susropas velludas y espesas, ofreciéndole, en cambio, para
aquellas horasde placer, alguna vestidura de seda, alguna delgadísima túnica
decendal, perfumada de almizcle.
Sus pies conocieron la holgura de las babuchas. Sus cabellos el halagode la gaza,
con que ella se los circundaba indefinidamente, hastaprenderla por delante con
empenachado joyel. Dejose friccionar por elesclavo y extender sobre sus miembros
las esferitas de perfume; dejose,por gracia, obscurecer los párpados con el kohl; y su
horror fanáticohacia los baños se fue desvaneciendo cuando su amada le inició en
lasdulzuras del amor bajo aquella agua saturada de nardos, sobre la cualella hacía
deshojar puñados de rosas, unas muy pálidas y otras comosangrientas, para simbolizar
las dobles delicias de su cuerpo.
A veces, espiando el momento supremo del ansia, cuando las fuertespupilas del
mancebo tomaban un tinte nebuloso, a la manera de lascharcas en la tempestad, la
morisca, desprendiéndose de sus brazos, lepreguntaba:
—¿Dasme también toda el alma? ¿Toda? ¿Tendrás el mesmo amor e la
mesmacreencia que tu Aixa, tú?
Ramiro respondía que sí con la cabeza; pero como ella, retirándose hastael fondo de
la alcoba, le demandaba de nuevo:
—¿Lo juras? ¿Lo juras?
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