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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

Por fin, se incorporó; y la empapada cabellera estirose fuera del agua,rígida, pesada,
rumorosa, al modo de las algas, cuando la ola desciende.
Entonces aparecieron, en su intacta firmeza, los dos fuertes pechosbruñidos y cuasi
dorados como copas de ámbar; y el mancebo sintió correrpor toda su carne la
tentación de aquella cintura cogida y de lasabultadas caderas, irisadas por la humedad
y la penumbra.
La mujer caminó hacia la alcoba, con claro rumor de ajorcas ybrazaletes, dejando la
huella acuosa de sus pies en el mármol. Cuando lacriada la hubo secado prolijamente
y desgrasado sus cabellos con unatierra cenicienta, ella extendiose de espaldas sobre
las almohadas yentregose, como muerta, al pincel y al ungüento.
Poco después, el hombre de la túnica azul, que Ramiro viera al entrar,presentose.
Traía en sus manos navaja y bacía de barbero. Acercándose,con celoso respeto,
púsose a rasurar a la hermosa morisca, según el usode Oriente.
En ese instante, por encima de sus sentidos ávidos, Ramiro escuchó en suconciencia
un grito de indignación ante aquella práctica lasciva de losbaños y aquel culto
libidinoso de la propia carne. La sublime castidad,el ascético abandono, el desprecio y
la mortificación del harapocorrupto de nuestro cuerpo, la santa fetidez de los
religiosos, losadmirables anacoretas, dejándose podrir las ropas sobre la piel, como
unanticipo de la sepultura: San Hospicio, comido por los piojos; SanMacario,
sumergido en el cieno; Santa María Egipciaca, resecada por elsol como un cuero;
Santa Pelagia, habitando entre sus propiosexcrementos; Santa Isabel, bebiendo el
agua de lavar a los tiñosos; enfin: la sublime aspiración abriendo su corola de pureza
sobre elestercolero corporal; y luego la penitencia, la disciplina, el cilicio,todo pasó
por su mente como a la luz del relámpago.
Pero la severa visión no pudo persistir. Los sentidos tiraban de lastraíllas. El turbión
de la virilidad apagaba la luces interiores. ¡Allíestaba ante él una mujer hermosa y
desnuda, a dos pasos de su boca, desu juventud!
Dominado por aquella tentación, vibrando con ella, cual un junco en eltorrente,
Ramiro no vio que la criada, describiendo un rodeo, se dirigíaa tomar las babuchas en
el hueco del muro.
La mujer, al encontrarse en aquel sitio con una cabeza humana, lanzó ungrito de
espanto.
Un momento después abriose la puerta que comunicaba con la cuadra delbaño, y el
mancebo vio aparecer a la hermosa morisca, con los cabellosretenidos por linda
almadraba de hilo de oro y esmeraldas redondas. Unblanco velo caía desde su cabeza
hasta los anchos calzones de verdetafetán, adornados con glandes. Sin mirar a
Ramiro, acercose a lahornacina, haciendo como que examinaba el ardid; luego,
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