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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

Aquel amigo no volvió a presentarse. Ramiro embozose entonces una y dosveces en
su propia altivez, y aceptó la soledad, volviendo la espalda.
Día a día, cada vez más alerta, visitaba Ramiro el arrabal de Santiago.El temor del
peligro le había dejado para siempre desde los primerosaños de mocedad.
Consideraba ahora, con fatalista desenfado, la propiavida y la ajena. El orgullo de su
misión vino a duplicar su ardimiento.Era un agente de Su Majestad, portador de grave
secreto de gobierno.Quién sabe si no se le había escogido deliberadamente, desde la
Corte,con la traza de una casual designación. De todos modos, aunque así nofuera, el
monarca oiría muy pronto su nombre.
A veces, al caminar por las revueltas callejuelas de la morería,imaginaba haber
descubierto toda la trama de la conjura, y parecíale verante sí la figura sobrehumana
de Felipe Segundo, acercándose gravementey echándole al cuello la venera de un
hábito.
Salía mañanero, sin mula ni lacayo, y vestido de ropas sencillas que noatrajesen la
mirada; pero llevando, eso sí, la hermosa espada templadaen Toledo, con que le había
obsequiado su tío abuelo don Rodrigo delAguila, una daga de provecho y el
consabido coleto de ante, por debajodel jubón.
Dejaba casi siempre la ciudad por la puerta de Antonio Vela, y simulandoun andar
ocioso y errante, bajaba por algún atajo de la cuesta delmediodía. En el reducido
arrabal de Santiago había más tráfago y rumorque en la ciudad entera. La fecundidad
de la raza palpitaba al aire yal sol. Los encalados zaguanes vomitaban hacinamientos
de chiquilloscasi desnudos, sobre la sucia calzada. Se comerciaba a gritos. A
cadainstante estallaba una gresca. Oíase el continuo rumor soñoliento detornos y
telares, semejante al de populosa plegaria en alguna mezquita.
Los hombres vestían casi todos a la española; algunos llevabangregüescos de
lienzo, como la gente de mar. Las mujeres, saya de coloresaldeanos y juboncillo
corto. Era placentero ver llegar por las callejasla figura ondulante de una joven a
veces descalza; pero luciendo, sí, ensu primoroso peinado alguna rosa amarilla o
algún sangriento clavel,prendido con garbo en las trenzas. Su cadera se ofrecía y se
esquivabaal andar. Su sonrisa era mejor que los collares. Los hombres se deteníanpara
contemplarla. Algunos la susurraban al oído palabras en algarabía.Otros levantaban la
cabeza y sorbían el aire como camellos,libidinosamente.
Sin preguntar el precio, arrojando sobre el tablero alguna monedaexcesiva, Ramiro
solía comprar un perfumado jubón para alguna mozuela, ozapatos infantiles con que
después obsequiaba a las madres moriscas.Comenzó sus paseos con el corazón
encogido por el odio; pero, poco apoco, su misma caridad, aunque fingida, sus
mismos gestos protectores, yla dulzura que recogía de todo los rostros, le fueron
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