Not a member?     Existing members login below:

La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

Habían dejado la sala capitular y caminaban ahora por las naves de laiglesia. El
canónigo volvió a decir:
—Tomad ejemplo, hijo mío, de estos graves sepulcros do descansanaquellos
varones antiguos, que ponían a riesgo diario su vida por servira Dios y ennoblecer su
linaje. Miradles sucederse, desde tiemposremotísimos, trabados como vértebras y
traspasándose unos a otros esetuétano de la honra que agora se alberga en vos mesmo.
Ramiro sintió un calofrío. Era la virtud habitual de aquel vocablo queacababa de
pronunciar el canónigo: ¡la honra! Divinidad vaga, deconfusos mandamientos; pero
cuyo solo nombre le hacía latir más ligeroel corazón y le encendía puntilloso calor en
el rostro. Su rosario,envuelto en la guarnición de la espada, golpeaba el metal con
lascuentas.
—Esto que agora emprenderéis—agregó el lectoral—será en servicio dela santa
Iglesia de Cristo. Si queréis llegar muy lejos, dejaos conducirpor ella, sin examinar
demasiado la postura o la senda que sus sabiosdesignios os indiquen.
Pasando por una puerta del crucero entraron en la claustra.
En el patio el sol ardía sobre las piedras, y la extraña cresteríaplateresca destacaba
su cárdeno granito sobre el índigo ardiente delcielo. Insectos transparentes se
levantaban del herboso jardín ynavegaban en la luz.
Bajo las bóvedas, junto a la capilla de las Cuevas, dos alarifes,rompiendo un trozo
de pared, acababan de descubrir un sepulcro. Ramiro yel canónigo se acercaron. No
había inscripción alguna; sólo un toscorelieve que representaba a Nuestra Señora y al
Niño, como si aquellobastase en la muerte. Nuevo golpe de piqueta ahondó la
abertura, y unanubecilla cenicienta levantose como el humo en el aire. Uno de
losobreros introdujo la mano y sacó un pequeño objeto de metal. Era unaespuela, un
acicate verdoso y roído. El canónigo tomolo respetuosamenteen la mano, y
levantándolo hasta el morado rayo de sol que entraba através de la vidriera, comenzó
a decir, como alguien que delira:
—¡Cuántas veces una aparición de alquiceles en el horizonte le habráhecho batir el
ijar, heroica y sanguinaria! He aquí, Ramiro, el emblemade la caballería, el blasón de
la bota y la sonaja del honor. Su soloruido en las losas ennoblece toda la traza del
hidalgo.
Sonriose un momento, mostrando su fuerte dentadura, y luego, con gestograve y
casi compungido, prosiguió:
—¡Lástima es que algún epitafio, docto y elegante, no nos diga la casay los honores
del antiguo caballero, cuyas son estas cenizas!
Remove