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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

baja, pasó luego aexplicar las instrucciones que el canónigo debía transmitir a su
agente.El mismo se narcotizaba con su propio discurso. Ya era
imposiblecomprenderle. Su palabra vacilaba, se extinguía. Entonces, escupiendo,por
última vez, dobló la cabeza sobre el hombro, y quedose dormido.
El lectoral no supo qué hacer. Los cerrojos estaban echados y las mechasdel velón
crepitaban en ese momento, amenazando apagarse. No había,tampoco, un solo libro
sobre la mesa, y él había olvidado su breviario.Pensó entonces que no hay situación
en la existencia que resista a unesfuerzo superior de filosofía y, olvidando la
circunstancia y la hora,púsose a contemplar a aquel hombre de obscuro entendimiento
que, habíalogrado fácilmente los altos honores, hasta ser uno de los másinfluyentes
personajes de la comuna, tenido en gran predicamento por elRey. Su estatura era
menos que mediana, su espalda un tanto jibosa, subarba rojiza. Había en todo su
rostro una tristeza cómica de bufón. Sulabio inferior se alargaba hacia afuera con
lúbrico y tembloroso gesto.
La estirpe de los San Vicente era antigua en la ciudad, aunque no de lasmás ilustres
y encumbradas. Arrancaba, sin embargo, de una María de LaCerda y exornaban su
árbol genealógico Juan Mercado, primer caballero deMilán, Tomás de San Vicente,
llamado el Valeroso, y, sobre todo, RuyLópez de Avalos, condestable de Castilla. Los
caballeros de su nombrepodían reposar, por remoto privilegio, en el crucero de la
iglesia deSanta María del Castillo, en Madrigal, favorecida por una capellaníadel
Condestable. Así también, en Avila, tenían derecho a ser enterradosen la parroquia de
Santo Tomé, donde existe la capilla de su linaje; enSanto Tomás el Real, dentro
mismo del templo; y en los lucillos de SanVicente, en cuya iglesia estaban pintadas
las armas de aquella familiasobre los asientos de la capilla mayor, según uso
calificado y antiguo.
Al observar la barba de Don Felipe, aquel rojo vellón donde la luz delaceite ponía
ahora toques purpúreos, el canónigo pensó en las razasantiguas venidas hasta la Iberia
desde los mares tempestuosos del Norte;y cerrando, a su vez, los ojos, soñó con
repugnancia en bárbaros rubiosy en carnosas hembras desnudas, con cabelleras color
de naranja, comoseñaladas, desde entonces, por un reflejo infernal.
De pronto, la puerta se sacudió con estrépito, y oyose en el corredoruna voz
desesperada que comenzó a gritar:
—¡A mí! ¡A mí! ¡Socorro! ¡Soy muerto!
El canónigo saltó del asiento, descorrió el cerrojo y abrió. Era unlacayo. El infeliz,
con el semblante blanco como el yeso, sin soltar desus manos una silla de montar,
cubierta de terciopelo azul, fue aarrojarse a los pies de su señor.
—¿Qué sucede?—preguntó mal despierto el hidalgo.
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