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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

lleve en su mano unAlcorán; compadézcase éste del huérfano y la viuda, aunque sean
de lasecta maldita de Mahoma; ofrezca de beber al muslim sediento que pasa, opida
de su cántaro a la infiel, como Jesús a la Samaritana; nada digo,que todo esto lo
enseña el mesmo Evangelio, que es ley individual y pande cada día; pero, sonada la
hora grande y justiciera, sepamos cumplirsin melindres los designios del Señor,
porque hay otra ley, hijomío—agregó levantando la mano y la voz como un antiguo
profeta,—otraley más anciana, ley de los pueblos; hay otro testamento, donde
Diosmesmo, con su propia palabra, dicta la sentencia a los impíos, diciendoa Moisés:
«Pondrás con mi favor el cuchillo a la garganta del Amorrheo,del Cananeo, del
Pherezeo, del Hetheo, del Heveo, del Jebuseo hastaquitalles la vida»; agregando: «y
no tengas con ellos misericordia»,nec misereberis earum. Y así mismo, por boca del
profeta Samuel,mandole decir a Saúl que destruyera a los Amalecitas, sin
perdonarhombres, ni mujeres, ni niños aunque fuesen de leche, a fin de no dejarrastro
ninguno de ellos ni de sus haciendas. Nosotros debemos también,como un acto
expiatorio, descepar de cuajo de nuestro suelo esta plantaponzoñosa. No echemos en
olvido que somos, en los modernos tiempos, elpueblo de Dios, como lo fue Israel en
los antiguos. Nada debeextrañarnos que pueblos semibárbaros como Inglaterra,
Alemania, Bohemia,Hungría se contaminen; pero ¿cómo habemos de tolerar nosotros,
de quienDios no aparta su confianza, al siervo idólatra y blasfemo en nuestrapropia
heredad? Ya sea por la expulsión sempiterna, ya por el totalexterminio, si el caso lo
pide, haciendo en ellos un Vesper Siciliano,antes que lo hagan ellos con nosotros, el
cielo nos ordena, a lasclaras, rematar la obra de purificación.
—El miedo a la sangre, hijo mío—prosiguió diciendo el canónigo,—es unbajo
instinto del hombre. Jehová se espanta del vicio, de la impiedad,de un solo pecado,
pero no de la sangre vertida justicieramente. Lasangre es el riego necesario de toda
buena germinación, y el Señor lahace correr a su tiempo con la misma benignidad con
que escurre losnublados sobre los surcos. Las vidas humanas no valen sino por lo
queresulta de su sacrificio, como los granos de incienso. Ahora, si sequieren remedios
más suaves, también los hallaremos en la Escritura.
Meditó un instante y continuó:
—Oigamos al profeta Osseas sobre la tribu idólatra de Efraim: «Dales aéstos,
Señor... ¿Qué les darás a éstos? Dales vientres sin hijos y tetasenjutas.»
Recapacitemos esta inspirada sentencia. Ella nos manda que loque se ejecutó con las
gentes de Efraim lo realicemos nosotros con losfalsos conversos. Su Santidad, se
entiende, lo permitirá, y médicos hayque saben cómo y con qué hacer con ellos y ellas
este remedio; y seríaun blando acabar, poco a poco.
Habló así, con tono doctrinal y apacible, sin asomo de saña. El mancebole escuchó
sorbiendo sus palabras como precioso jugo de sabiduría.Habían llegado, entretanto, a
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