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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

Una de las ventanas, la que abría hacia el nordeste, dominaba casi todoel caserío.
Desde aquella altura, Avila de los Santos, inclinada haciael Adaja y ceñida
estrechamente por su torreada y bermeja muralla, másque una ciudad, semejaba gran
castillo roquero. El niño oteaba loscorrales y los patios, el interior de los conventos, el
caparacho de lasiglesias. A corta distancia, en el sitio más eminente, la
catedrallevantaba su torreón de fortaleza, almenado y pardusco.
Desde la otra ventana se disfrutaba de una vista grandiosa: elValle-Amblés, toda la
nava, toda la dehesa, el río, las montañas. Fuerade los sotos ribereños, la vegetación
era escasa. Raras encinas, negrasa distancia, moteaban apenas los pedregosos
collados. Paisaje de unacoloración austera, sequiza, mineral, donde el sol
reverberabaextensamente. Paisaje huraño y apacible como el alma de un monje.
Vivo resplandor revelaba a trechos, entre fresnos y bardagueras, elcurso del Adaja,
esparcido sobre la arena como galón de plata que sedeshila. En el fondo, la sierra de
Avila levantaba sus picos más altoschapados de nieve. De ordinario, un bulto de
nubes asomaba por detrásde la Serrota o del Zapatero, como vapor de una olla,
sombreando lospicachos y suspendiendo sobre la falda largos vellones horizontales.
Aquella tarde las mujeres aderezaban ropas de iglesia. Sentadas enredondeles de
esparto, extendían sobre el suelo las viejas vestiduras,cambiando el hilo desdorado,
rehaciendo la raída guirnalda, el símboloeucarístico, la orla de santos; y, a veces,
también, alguna alcoránicaleyenda deslizada en la estofa por el obrero morisco. Era
un trabajopiadoso. Aquellos ternos y frontales pertenecían a los conventos.
Losmonjes aseguraban que cada puntada equivalía para Dios a una cuenta delrosario.
Había góticos terciopelos que se plegaban angulosamente, terciopelosacartonados y
finos del tiempo de Isabel y Fernando, donde una líneasegura iba inscribiendo el
tenue contorno de una granada sobre el fondoverde o carmesí; donosas telas de plata
que parecían aprisionar entre laurdimbre un viejo rayo de luna; brocados y brocateles
amortecidos por elpolvillo del tiempo, a modo de vidrieras religiosas. El resplandor
delponiente prestaba rara vislumbre a todos aquellos ornamentos, iluminandode
soslayo las sedas multicolores, cuyos tintes vinosos habían maduradocomo zumos
añejos en los cajones de las sacristías.
La luz se apagaba en el cielo. Soplos de sombra cenicienta parecíanllegar del
exterior y posarse en la estancia. Ramiro, asomado a una delas ventanas, miraba morir
el crepúsculo. En el fondo de las callejas yaera de noche.
Purpúreo reflejo bañaba en lo alto las almenas de la muralla, prestandoun rubor de
coral al tronco de uno que otro pino en los huertos. Laventana de una casa frontera
acababa de alumbrarse, y veíase ir y venir,por delante de la luz, la sombra de un
hidalgo que rezaba sus Horas.Vasta tristeza flotaba sobre la ciudad guerrera y
monacal, y, en mediode aquel recogimiento, el niño creyó escuchar un coro lejano, un
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