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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

Buscaba siempre inculcarle el desprecio del mundo, y poseía para ello,como pocos,
la elocuencia del ascetismo. Cuando hablaba de las gloriasterrenas y de nuestro breve
paso mundanal, su discurso, lleno demonástica ironía, se instalaba en el ser, cual
frígido narcótico,adormeciendo las ansias. Decíase que más de uno, al escuchar
sussermones, había corrido a un monasterio a pedir un sayal y una celda.Para él, fuera
de la penitencia y la plegaria, todo era polvo y cenizaen este mundo, y nuestra prolija
ambición una telaraña tejida sobre elnido de un ave que duerme.
Hacíale traducir de ordinario a Ramiro los capítulos del Kempis. Deesta suerte el
mancebo recogió en el fondo del alma aquellos acentos desoledad, de sublime
desprecio, de voluptuosa inmolación.
En los fondos de la Catedral, después de atravesar el reducido patiodonde se
encienden los incensarios y se cocina el chocolate canonjil,súbese por una escalera de
pino a una serie de estancias siempreobscuras. En una de ellas, de dos a cuatro de la
tarde, a la luz de unvelón de tres mechas, y con los pies apoyados en la tachonada
tarima deun brasero, comenzó Ramiro a escuchar las lecciones del nuevo
preceptorque su madre acababa de escogerle por indicación del mismo
padrefranciscano.
Llamábase Lorenzo Vargas Orozco y era canónigo lectoral de la IglesiaMayor.
Conocía a don Íñigo y a su hija desde una mañana en que fuellamado a presenciar, en
medio del corral, la quema de los librosarábigos. Su padre había muerto
heroicamente, como capitán dearcabuceros, en la guerra de Flandes. Era de
aventajada estatura. Losojos grandes y algo salientes. Los cañones de la barba, casi
siempre amedio rapar, daban un tinte azul a toda la parte baja del rostro. Losdemás
canónigos le envidiaban, entre otras cosas, sus hermosos ademanesen el púlpito y
aquella bizarría con que manejaba el manteo, aquellossus diversos estilos de
arrebozarse con él y de derribarlo de súbito, amodo de capa soldadesca, como quien
va a desnudar varonilmente laespada.
Su primera lección fue un verdadero pórtico de sapiencia. De pie enmedio de la
estancia y señalando sobre su escritorio un apilamiento degruesos volúmenes forrados
en pergamino, prorrumpió:
—Aquí tenéis, hijo mío, guardado como en pellejos, todo el zumo de laverdad
humana y divina. Mi largo peregrinar por el mundo filosófico meha hecho concluir
que todo lo que sea apartarse de esta enseñanza del«Angel de las Escuelas» equivale a
descarriar el entendimiento, conharto peligro de caer de bruces en la herejía.
Ramiro meneó la cabeza afirmativamente sin comprender, y dirigiendo lamirada
hacia los infolios vio que todos ellos llevaban el mismo título:Summa Theologica, en
gordas letras antiguas.
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