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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

Cierta tarde, entre un claro del ramaje, vio pasar a Beatriz, que noquitaba los ojos
del seto. El mancebo se mostró. La niña, hízole,entonces, disimuladamente, una señal
para que siguiese más lejos y,cuando creyó haber burlado la vigilancia de las dueñas,
pidiole quepasara a su jardín.
Se saludaron como en un estrado y Ramiro no acertó a balbucear uno solode los
ingeniosos conceptos que había ordenado para decirla.
Aquel juego se repitió muchas veces. Paseábanse con los dedos enlazados,hablando
apenas y mirándose, de tiempo en tiempo, en los ojos, sinsonreír. La doncella le
llevaba a los sitios más frondosos y ocultos.Allí la naturaleza les descubría en la
mariposa, en el pájaro, en el másmenudo insecto, su impura inocencia. El mágico
deseo palpitaba,aleteaba, chirriaba ante ellos, en la quietud blanda y calurosa
delverano.
Ramiro conservó siempre el recuerdo de ciertos instantes en que,caminando con
ella por el sendero del verde laberinto, osó pasarla elbrazo sobre el cuello y tomarla
suavemente la garganta. En otra ocasión,Beatriz subiose a un viejo columpio y
comenzó a balancearse conviolencia, presa de un rapto de juventud y de dicha. Su risa
numerosa,loca, inesperada, voló como un enjambre de mirlos, despertando los ecosa
través de los árboles. El viento levantaba su faldellín de un modoinolvidable.
Hablábanse cada vez más trémulos y ajenos a sí mismos. Un decir fútilaventaba los
pensamientos. El, envolviéndola en su orgullosa mirada,soñaba en la dicha de poseer
como dueño absoluto aquella deliciosaexistencia. Beatriz era para él la mies lograda y
suya, a salvo de todopeligro. Sin embargo, cierto día la preguntó:
—¿Os holgara ser aína mi esposa?
Ella repuso:
—Tamañita me quedo. ¿En eso pensáis tan temprano?
Púsose entonces a canturriar, mirando hacia arriba, y mostrándose, alparecer, más
dispuesta a rendir su mejilla y su boca allí mismo, queaquel loco espiritillo que
palpitaba en su cabeza cual una guija decascabel.
Dicho estado venturoso no duró para Ramiro. Como a unos tres cuartos delegua, en
la dirección de Villatoro, habitaba, durante el verano, UrracaBlázquez de San Vicente,
con sus dos hijos varones. El marido, Felipede San Vicente, Comisario del Santo
Oficio e individuo del Consejo delas Ordenes, pasaba la mayor parte del año en
Madrid. Los dos manceboseran el azote de aquel rincón de la sierra. Andaban siempre
juntos y seaborrecían. Una o dos veces por semana venían a visitar a su primaBeatriz,
llegando por los caminos como demonios a todo lo que daban susrocines, y seguidos,
de muy lejos, por un ayo que taloneaba rabiosamentela mula entre la blanca
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