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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

Tendido en el suelo, con la sien sobre el puño, suspendía por momentosla lectura,
para sentir mejor el deleite de su escondrijo. A veces unrayo luminoso pasaba entre el
follaje y hacía temblar sobre el libro unamedalla de sol. Aquella sombra le sabía a la
frescura barrosa que elagua conserva en las alcarrazas.
De pronto un rumor de pasos acelerados le hizo levantar la cabeza.Miró. Era
Medrano corriendo por el atajo en dirección al caserío.
—¿Dónde vais?—gritole.
El escudero indicó con breve ademán que le siguiese.
Una vez en la cuadra del granero, mientras buscaba su talabarte, Medranocontó
brevemente lo que pasaba. En la vecina heredad, Cerbero, elperrazo que servía de
guardián en los portones, se había vuelto rabioso,mordiendo a un lacayo y escapando
hacia el monte. Don Alonso se hallabaen Madrid y su hija había quedado con las
dueñas, las cuales le mandabanllamar a toda prisa para que dirigiera a los gañanes en
la caza delmastín. Ramiro tuvo un deslumbramiento súbito. Acordose de loscaballeros
donceles que en las historias descabezaban endriagos,vestiglos y fieros leones,
redimiendo princesas, desbaratandoencantamientos y maleficios. Al mismo tiempo el
rostro de Beatriz cruzópor su imaginación.
Cuando el escudero iba a ceñirse la ancha espada de dos filos, él, sinpronunciar
palabra, puso ambas manos en la empuñadura del arma,mirándole con expresión a la
vez suplicante y resuelta. El antiguosoldado comprendió. Tomando entonces para sí la
espada más fina, dejó laotra en poder de Ramiro. Luego, exclamando: «Vamos presto,
que nosesperan», salió de la cuadra.
Llegaron a la mansión de don Alonso sin encontrar a nadie. Estaba todacerrada
como casa desierta; pero al pasar junto a la panera toparon conseis hombres armados
de chuzos y horquillas.
El escudero repartió las órdenes. Cada cual treparía por un puntodistinto del monte,
y apenas divisase al animal daría tres fuertes vocesde auxilio. A Ramiro apostole a
pocos pasos de las cocinas, dándole uncuerno de caza y pidiéndole que no se moviera
de aquel sitio.
Algo después, cansado de esperar, Ramiro comenzó a internarse tambiénentre los
árboles.
Muchos relatos, allá en la torre solariega, le habían hecho saber loque era el peligro
de la rabia y el pavor que esparcía por los pueblos ycampiñas aquel hocico agazapado
que iba sembrando el furor y la muerte.Se echaban todos los cerrojos, se recogían los
gatos, los perros, losasnos, y mientras las mujeres encendían una vela a Santa Catalina
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