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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

invadido los jardines que existieron. Los caminos sólo seadivinaban por la alineación
de los árboles. En el monte era difícilavanzar. La naturaleza, enseñoreada durante
muchos años de abandono, sedefendía ahora con la maraña, con el fustazo, con la
espina.
En cambio, desde las ventanas altas del caserón se contemplaba elaliñado verjel de
don Alonso, con sus estanques repletos, sus senderoslimpios y sus alheñas y arrayanes
recortados graciosamente como en losjardines de Italia. Distinguíanse, asimismo, los
famosos parapetosimaginados por el hidalgo, y cuyos mosaicos de piedrecitas
blancas,negras y coloradas figuraban fábulas de Ovidio. Algunas tardes subía enel
aire rosado el agua de los surtidores, empapando al caer lasescalinatas y los follajes.
Ramiro aficionose muy pronto a la vida libre que llevaba en la heredad.Cuando
hubo cumplido los trece años, Medrano, que solía alojarse con suhija Casilda en las
cuadras bajas del granero, enseñole, en el caballejode un gañán, todos los rudimentos
de la jineta y de la brida. Además,haciendo él mismo una lanza ligera con sus
gallardetes y cordones,mostrole el modo de manejarla; y algunas noches, a la luz de
una vela,le ejercitaba, por medio de su propia sombra, en bajar y subir la manohasta el
oído, para que aprendiese a embestir con gallardía.
Medrano tenía, junto a su lecho, dos espadas: la una, angosta y largapor demás, con
calada guarnición; la otra, con pesada empuñadura de rejay ancha hoja de dos filos.
—Este acero—decía señalando su fina espada escuderil—es doncel, nosabe lo que
es hundirse en la carne hasta el recazo; peroaquéste—agregaba, descolgando con un
gesto de amor su joyosa de antiguosoldado—ha sacado más sangre que un barbero y
más almas que una monja.¡Con él he hurgado las tripas a más de un valentón,
descalabrado a másde un rival y cortado a cercén, bonitamente, no sé cuánta
golaturquesca!
Ramiro le escuchaba experimentando un singular deslumbramiento y, alempuñar él
mismo la espada, parecíale que el corazón le crecía dentrodel pecho.
Las lecciones de esgrima principiaron. El escudero palpábale susmúsculos
precoces, y a medida que sus fuerzas medraban íbale enseñandoesas tretas
misteriosas, a las cuales creía deber su buena ventura todosoldado que llegaba a la
vejez.
Ciertos días, durante las horas de la siesta, escapando a la vigilanciade doña
Guiomar, salíanse los dos en busca de algún sitio umbroso delmonte. El niño aspiraba
con fruición el humo rústico de las fogatas queardían de ordinario en la vecina
heredad; y el sol y el perfumetornábanle al pronto extremadamente sensible.
Medrano, después de sentarse a la sombra de algún árbol, quedábase mudoun
instante, sin otro movimiento en toda su figura que la roja pluma delsombrero que el
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