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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

PRIMERA PARTE
I
Ramiro solía quedarse hasta la noche en el último piso del torreón,escuchando los
cuentos y parlerías de las mujeres.
Allí terminaba la tiesura solariega. Allí se canturriaba y se reía. Allíel aire exterior,
en los días templados, entraba libremente por lasventanas, trayendo vago perfume de
fogatas campesinas y el sordo rumorde los molinos y batanes en el Adaja.
¡Qué holganza para el niño hallarse lejos de la facha torva del abuelo,y encima de
aquellas cuadras silenciosas del caserón, donde seacostumbraba encender velones y
candelabros durante el día! Cuadras sóloanimadas por las figuras de los tapices;
fúnebres estrados, brumosos desahumerio, que su madre, vestida siempre de monjil,
cruzaba como unasombra.
Las criadas le querían de veras. Todas miraban con respetuosa ternura alpárvulo
triste y hermoso que no había cumplido aún doce años y parecíallevar en la frente el
surco de misterioso pesar. Todas rivalizaban encomplacerle, en agasajarle.
Durante el trabajo, entre el zumbo de las ruecas, se hablaba de cosasfáciles que él
comprendía, y, casi siempre, al anochecer, se contabanhistorias. Añejas historias, sin
tiempo ni comarca. Unas sombrías, otrasmilagreras y fascinadoras. Consejas de
tesoros ocultos, de agüeros, deprincesas, de ermitaños. Una vieja esclava, herrada en
la frente, sabíacuentos de aparecidos. Ramiro la escuchaba con singular atención,
cadavez más goloso de pavura y de misterio.
La estancia era un vasto recinto que ocupaba casi todo el plano de latorre. Las vigas
no habían perdido el oro de la añosa pintura, y la fajade escudos nobiliarios, que
corría en lo alto de las cuatro paredes,lucía intacto su tinte de gules y sinople. En el
rincón más obscurodormía un antiguo telar descompuesto. No se había pensado nunca
enrepararlo, y se le dejaba apolillar y cubrirse de telaraña, conservandotodavía entre
sus maderos, los hilos de una estameña comenzada, quizá,en el reinado anterior.
En el grosor de las paredes, cada ventana formaba un hueco profundo, consendos
poyos de piedra. Ramiro se sentaba de costumbre sobre uno deellos, y pasaba las
horas largas mirando hacia afuera, con el codoapoyado en el alféizar.
 
 
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