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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

campo de plata, o el de los leonesrampantes en campo de azur. Los honores habían
resplandecido siempre ensu familia.
Su palacio, heredado de su mujer, se levantaba hacia la parte del Norte,unido a la
muralla de la ciudad, según uso inmemorial de los mejoreslinajes. Uno de los cubos
almenados erguíase en el fondo del huerto, ysu defensa había correspondido siempre a
los Aguilas. El hidalgo residíabreve parte del año en el solar; la corte le atraía con
imán poderoso.En cambio, la existencia muda y monástica de Avila de los Santos,
dondepasaba horas eternas sin escuchar otra nota de vida que el tañido dealguna
campana o el canto de un gallo, le exasperaba el humor como unduro cautiverio.
Fuera del combate de Lepanto, en que, armado de ancho espadón de
guzmán,batiose bravamente en la proa de una galera, recibiendo una pelota dearcabuz
en el hombro y una lanzada en el muslo, no registraba en su vidaotra acción
memorable. Pasolo casi siempre en los oficios palaciegos. Alos diez y ocho años de
edad era paje de Ruy Gómez de Silva, y a lostreinta, gentilhombre del Rey, que le
hizo acordar, más tarde, por sucomportamiento en la flota, el hábito de Calatrava.
Había estudiado en Salamanca, residido dos años en Milán y tres enVenecia. El
recuerdo de esta ciudad le exaltaba todavía hasta eldelirio. Gustábale de disertar sobre
las cosas del arte, y refería amenudo sus pláticas con el Tintoreto, a quien había
conocidoíntimamente. El latín y la dulce lengua toscana le eran tan familiarescomo su
propio idioma. Al hallarse solo entre sus libros antes cogía lasMetamorfosis, o la
Jerusalén libertada, que las ásperas epístolas deSan Pablo. Todos sabían que había
ofrecido al Cabildo de la Catedralhacer revestir a su costa la gótica portada de los
Apóstoles con unperistilo greco-romano. Los cajones de sus bufetes estaban llenos
deensayos poéticos, en que cantaba, al modo de Boscán y Garcilaso, a Cloriy a
Galatea. Llevaba concluida una traducción de El laberinto de amor,sendas glosas de
los sonetos de Petrarca, y tenía entre manos una felizimitación de la Arcadia de
Sannázaro. Para él, aquella naturalezadesolada y adusta que rodeaba, por todos lados,
a su ciudad natal nomerecía un hemistiquio.
Las galas al uso, la continua genuflexión, el ambiente de los estrados ytodo el
artificioso juego de sentimientos alambicados o fingidos, todoaquel estoraque, todo
aquel histriónico afeite de la vida cortesana,agravado por los exquisitos refinamientos
«que», según don Íñigo, «laprudente malicia de los extranjeros brindaba a los
españoles paraafeminalles el valor», habían concluido por cubrir con
mentirosaenvoltura la austera fibra castellana de don Alonso. Sin embargo, no
setardaba en advertir que un alma recia como un estoque se ocultaba pordebajo del
bordado terciopelo de aquella vaina de ceremonia, y que suhonra era siempre tan
puntillosa como pudo serlo en el corazón o lamejilla de los que descansaban en San
Pedro, con su par de espuelas enel calcáneo. Sólo que los tiempos habían hecho llegar
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