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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

aunque llevaba el estómago máshueco que un atambor, su instinto atisbaba cierto
olorcillo de aventuraque hacía para él las veces de sustento. Su amo no era hombre de
muchosmemoriales, y si el otro se presentaba con la música bajo las ventanasde la
señora, habría de seguro una gresca digna de las calles deSalamanca. El, por su parte,
creía poseer las mejores piernas del reino;y, a no ser que le cegaran de improviso
haciéndole entrar la cabeza enel vientre de alguna guitarra, como le había acontecido
cierta vez,riberas del Tormes, estaba seguro de su persona.
La mañana era fresca y radiosa. Pablillos sentía en su sangre hervor devida, escozor
de danza, cerril impulso de zapatear la tierra y lanzar alos vientos largos cantares
agudos que rebotasen en los collados. Laprimavera prestaba a los trigales undoso
brillo de sedas; ¡verde yplateada casulla sobre el buriel de los terruños! El sol
chispeaba en lamica de las peñas, en la reja de los arados, en el agua del río,fingiendo
como un chubasco de luz, a lo lejos, sobre las sierras deVillatoro. Todo parecía
impregnado de claridad y de matutino frescor,hasta el tañer de las campanas, el
sonido de los yunques, y el cantar delos tejedores y caldereros en el morisco arrabal
de Santiago. Algunasmujeres quemaban al pie de la cuesta montones de hojarasca, y
un perfumerústico, mejor que el incienso, sahumaba deliciosamente el
contorno.Ramiro recordó sin quererlo sus amores con la sarracena.
Cuando hubo llegado a la Puerta de San Vicente, díjole al paje queesperara en aquel
sitio, mientras él iba a situarse frente a la muralladel Norte.
Pasó el mediodía sin que Ramiro recibiese aviso alguno. A eso de lascinco de la
tarde, Pablillos vino a comunicarle que don Alonso acababade salir de su casa en una
silla cubierta, y que, según les había dichoun viejo lacayo, aquel señor, después de
algún tiempo, pasaba la nocheen el convento de Santo Tomás.
La tarde moría. Ramiro se sentó sobre una peña, con el rostro casioculto por el ala
del fieltro. El suelo violáceo parecía ondular a suspies bajo la vibración alucinadora
de la penumbra.
De tiempo en tiempo, el joven hidalgo levantaba la cabeza y perdía lamirada en el
contorno, indiferente a la magia del cielo y a lasseducciones del paisaje; pero
recogiendo en el alma, de un modoinstintivo, la reciedumbre de aquel sitio de pasión
y de sublimeviolencia.
El sol, antes de ocultarse, exaltó con su gloria muriente el oro delcielo. Las pupilas
de Ramiro se dilataron.
Desolada melancolía bañó de pronto la imponente rudeza de la muralla.Ramiro
imaginó que las torres se sucedían a espacios iguales, como lospaternoster del
rosario; que las almenas figuraban las avemarías, y laCatedral, con su saliente
cimborio, el hueco crucifijo lleno dereliquias de santos y caballeros.
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