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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

—¿Y no dijo vuesa merced alguna oración al entrar a la tablajería o alarrimarse a la
mesa?—preguntole el paje, continuando la plática quetraían desde el portal.
—Deja eso, Pablillos, que no es tiempo ahora de pensar en lo que hice ono hice.
—Es que yo creo que si vuesa merced... Cuando yo estaba en Salamanca yponíame
a jugar con otros como yo, cada vez que recitaba cierta oraciónque yo me sé, les
sacaba todos los cuartos.
—¿Fue ansí como llegaste a reunir tanta hacienda?
—No se burle vuesa merced, que andaba yo amancebado, en aquel tiempo,con la
hembra menos guardosa del mundo.
Pablillos habíale tomado ya el sombrero y los guantes y, al quitarle lacapa, exclamó
como espantado:
—¿Hanle robado a vuesa merced la cadena? ¡Vive Dios!
—Fuese la soga tras el caldero, Pablillos.
—¿La jugó también vuesa merced?
—Juguela.
—¿Vuesa merced ha perdido entonces todo su caudal?
—Todo.
—¡Ah, cuánta desgracia! ¿Y cómo habré de comprar las provisiones paramañana y
los días venideros?
—Eso piénsalo tú, que eres villano—exclamó Ramiro muy cerca de lacólera.
—No tan villano, señor, que es bien sabido que los Martínez fueronsiempre de muy
limpia sangre castellana, y que, a no ser el incendio quedestruyó todo el solar de mis
padres, podría yo enseñar agora a vuesamerced tamañotes pergaminos de mi
hidalguía.
Luego, después de haber quitado a su amo las calzas, balbuceó concautelosa
humildad:
—Vuesa merced recordará que los ginoveses, según me ha dicho,ofrecieron veinte
ducados por los retratos de sus mayores.
Ramiro estaba ya metido en el lecho, y, hurtando su rostro a la luzpara dormirse,
repuso como entre dientes:
—Dáselos, dáselos, Pablillos; pero que entiendan...
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