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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

Iglesia Mayor, que habiendotrabajado de pelaire en Segovia, fue más tarde
tamborilero en Brujas yen Amberes, de donde trajo su gran afición a las campanas.
Era una fiesta para Ramiro cada una de las visitas que solían hacer, enlo alto de las
torres, a aquel «bachiller de badajos», como le llamabael escudero.
Después de pasar el umbral de la Iglesia, Ramiro tiraba de una cuerdaoculta detrás
de la portada, y, casi al instante, allá arriba, a unaaltura vertiginosa para sus ojos de
niño, asomaba, por un agujeropracticado en la bóveda, un rostro diminuto de mujer o
de hombre. Pocodespués, oíase un ruido de tacones en el interior de un grueso
pilar,hacia la derecha; el cerrojo crujía, y la puertecilla, al abrirse,presentaba al
campanero, o a su esposa, trayendo en una mano el manojode llaves y en la otra un
farol encendido.
Comenzaba entonces la ascensión por el hueco de aquella columna deltemplo. Los
peldaños eran tan altos que Ramiro tenía que ayudarse conlas manos. Sólo, de tarde
en tarde, la angostura de una aspillera dejabapenetrar un rayo de sol colorido por los
vidrios y perfumado deincienso.
La visita se realizaba comúnmente en lo alto de la torre truncada, bajoun cobertizo
de tejas, reclinado cada cual sobre las tablas de unazahurda, donde los esposos criaban
una media docena de cerdos, negroscomo la pez. Ramiro se entretenía en curiosear los
misterios de latechumbre o en contemplar la ciudad y los horizontes, desde
aquellaelevación que producía en todo su ser el antojo de un vuelo fantástico.
Franco era mezquino de cuerpo. Cuando algo le preocupaba mascábase elbigote
nerviosamente. Su mujer, Aldonza González, a quien todos llamabanla extremeña,
era, en cambio, garrida y vigorosa. Ella manejaba lasdos campanas más gruesas,
dejándole a él los clarillos y esquilones.
Muchas veces, teniendo que echar algún repique de importancia, subieronlos cuatro
a la torre. El escudero ayudaba, y Ramiro, aunque sacudidohasta los tuétanos, se
complacía en aquellas detonaciones espantosas queamenazaban derrumbar el
campanario y lanzarle a él mismo a los aires,como una paja, en el sonoroso turbión.
Aldonza, en el entusiasmo de sufaena, mostraba todas las calzas hasta la carne.
Era una hembra casi hermosa. Su piel tierna como las natas, su labiorojo como un
pimiento de Candeleda; pero tanto su cabello bravío como subozo de mancebo,
denotaban un natural hombruno y procaz. Manejaba almarido como a un esclavo,
descargando sobre él el exceso de vigor querenovaba en su sangre el aire purísimo de
las torres. Ramiro laobservaba de soslayo. Ella gustaba sobremanera del niño. A
veces, cuandonadie veía, levantábale en peso y acostándole sobre un escaño, tratabade
animarle y hacerle reír con sus violentas cosquillas y estrujaduras.
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