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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

La cuadra semeja un granero después de vendida la cosecha, y su olorhabitual de
vejez y de encierro se levanta aún más intenso de aquelladesvastación.
Sin embargo, los antiguos retratos de los Aguila han sido suspendidosnuevamente
de la pared.
Ramiro medita. Doble surco sombrío arruga su entrecejo. Su rostro estámás enjuto,
la frente más pálida, la nariz más aguileña; pero toda supersona conserva el boato de
costumbre. Hermosa cadena reluce sobre susnegros vestidos de gorgorán. Espuelas de
oro resuenan en sus tacones.
La fúnebre capa de catorceno ha sido plegada cuidadosamente sobre elrespaldo de
la silla.
Su vida remolinea ahora con súbito regolfo ante la conspiraciónimprevista de sus
enemigos; y su voluntad parece cubrirse de espumacontra los obstáculos, a manera de
bravo torrente.
¿Cómo dudar? Se ha buscado desjarretarle el brío y cubrirle de infamia.Unos, como
el corregidor y los inquisidores, en castigo de habersequitado la gorra ante la cabeza
cortada de Bracamonte; otros, como SanVicente y el alférez, por la rabia de los celos;
y los demás, por elenvidioso temor de verle escalar los más altos honores. ¿Cómo
explicarsi no, la insistente acusación de complicidad con los moriscos? ¿Quiénpodía
pensar de veras, que un hombre de su casta fuera capaz desemejante atentado contra
Dios, contra el reino, contra su propia honra?
Entretanto, reconfortábase al recordar el despreciativo gesto con quehabía
respondido a las capciosas preguntas del Tribunal. Hubiera deseadoquedarse ahí, sin
agregar una sola palabra, mirándoles fieramente desdelo alto de su orgullo; pero
cuando el calificador Quiroga señaló conmaliciosa expresión la daga sarracena que
habían encontrado en la gavetade su escritorio, fuerza fue referir toda la aventura
desde el comienzo,haciendo constar la razón de su amancebamiento con Aixa,
describiendo laescena de la lucha, los cuidados de las mujeres y del morisco,
yexplicando, en fin, el origen de aquel presente, que guardaba como unahonrosa
prenda de su jornada.
No pudo, sin embargo, presentar ni un solo testigo; pero, Aixa, lainfiel, su propia
víctima, casi enloquecida por el tormento, en vez detomar la venganza que se le
brindaba tan fácil y terrible, confirmó surelato y su inocencia, acusándole de pérfido
cristiano y de malcaballero, que no había sabido respetar la palabra
comprometida.Felizmente los jueces no pudieron comprender la mirada de
angustiosapasión que la sarracena le dirigió, por última vez, al ser arrastrada denuevo
a la tortura.
Vino luego la declaración del Canónigo, y no volvieron a molestarle.
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