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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

Luego, atiesando graciosamente su cuerpo, exclamó:
—Yo no sé, Alvarez, lo que pasa en mi corazón. A las veces sólo quieroacordarme
de Ramiro, y me siento como hechizada. ¡Ah, y qué celos measaltan! Tengo celos no
sé de quién, celos rabiosos de todos losestrados, de todas las celosías e aun de la
fontana de la plazuela consus mozas de cántaro. ¿No echaría sobre mis ropas o mis
cabellos algúnpolvo de brujas el día aquel de las polillas?
—Bien pudo ser, pues ha sido harto aficionado a las mozas moriscas delarrabal, que
han debido enseñarle, de seguro, los filtros, elaojamiento, las nóminas y todas sus
tretas malditas.
—Sois una perra—como dice Leocadia.
—Buena borrasca es ella.
—Otras veces, de noche, metida en la cama, dame pavor, Alvarez, pensaren
Ramiro. Paréceme que viene a matarme, que está escondido en algúnrincón de mi
cámara haciendo mover las colgaduras y crujir los arcones;y a la mañana siguiente
huélgame oírte hablar de Gonzalo. Donoso lo esen verdad el señor regidor. Me quiere
desde que yo era ansí, ansí, y quérendido y alfeñicado. Pero mi padre dice que el
linaje de los SanVicente no vale dos habas.
—Eso dirá—interrumpió la dueña;—pero yo recuerdo haber oído afirmaral señor
canónigo Miguel de la Higuera, gran sabidor de abolengos, quelos señores de San
Vicente eran de muy antigua casa, que guerreó muchocon los moros, y vienen de una
María de la Cerda, y cuentan con doscondestables de Castilla, y tienen sus armas
pintadas en los sitiales dela capilla mayor de San Vicente de esta ciudad. ¿Acaso no
va predicandola alteza de la casta el mesmo continente de don Gonzalo? ¿Viose
nuncaun mancebo más cortés, más bizarro? ¿Cuál otro más diestro en las armas,cuál
otro danza y tañe como él? Narciso en lindeza, Aquiles en valentía,en música un
Orfeo. Y qué recato para penar, qué constancia en elquerer. A mi fe, señora, que si él
no consigue hablaros una vez tansólo, una de estas noches, mataréis con vuestro rigor
al galán másgentil que jamás vieron los ojos.
—Eso no podría ser sin daño para mi honra—repuso brusca y nerviosaBeatriz.
Luego, como olvidando aquel pensamiento, prosiguió:
—Ciertamente Gonzalo es harto rendido. Cuanto más dura soy con él másparece
desearme. Yo le quiero, le quiero de veras, Alvarez. En cambioRamiro tan pronto se
derrite como se enfada; hoy es arrope, mañanavinagre. Más orgulloso no lo hay. Yo
no debiera pensar más en él y darmi mano al regidor; pero ansí que cierro los ojos, le
veo en mi mentecon su lindo rostro tan pálido, la capa levantada por el estoque y
lagran pluma negra que estila—agregó figurándola con el gesto al costadode su
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