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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

Los criados no ignoraban estas historias, y sus dedos habían tembladosobre los
cerrojos cuando doña Guiomar ordenó que se abriesen laspuertas para velar en el
antiguo estrado de doña Brianda el cadáver desu padre.
Era, sin duda, extraño el aspecto de aquel recinto. Entapizaba sus murosviejo
terciopelo azul, podrido en lo alto por el agua de las goteras ycoriáceo, reseco hacia
los bordes, como el velludo que se desprende yretuerce sobre las viejas arcas
mortuorias. A uno y otro lado se veíansillas de roble incrustadas de marfil, y
bargueños, bufetes, contadores,donde el trabajo de la carcoma remedaba los ojos del
alcornoque. Terrosaadherencia mataba el brillo del bronce, del nácar, de la
concha.¡Muebles cuasi espectrales! Las antepuertas, los tapices y todas lascolgaduras,
cubiertas de telaraña, pendían con hipnótica apariencia, yel polvo aclaraba, a manera
de luz, los pliegues de medio siglo. Ramiro,al entrar, oyó carreras furtivas bajo los
muebles. Un taladro dejó deroer.
La barandilla, desdorada por la mano nerviosa de antiguos galanes,dividía en dos
partes el estrado, y, sobre la encorchada tarima,almohadas polvorientas conservaban
aún la presión de cuerpos femeninos.Un residuo ilusorio de remotos galanteos parecía
perdurar a manera deviejo perfume o como un polvo de ramilletes en los cofrecillos
de lasancianas.
¡Cosas fenecidas! Hubiérase dicho que aquel carcomido aparato noesperaba sino la
primera brisa exterior para desvanecerse de súbito.
Seis retratos descoloridos habitaban espectralmente la estancia.
Ramiro esperaba junto a un brasero, que guardaba aún la ceniza de losúltimos
saraos. Oyose un rumor de chapines y un crujir de sedas en lagalería, y Beatriz
apareció vestida de negro y olorosa como un sahumadorencendido.
Mientras Ramiro se inclinaba con donaire, la doncella dejó caer su mantohacia
atrás. Doña Alvarez, que la acompañaba, quedose en la estanciavecina.
—¡Solos!—se dijo el mancebo.
Uno y otro temblaban. Una irradiación misteriosa estremecía en torno deellos lo
ignorado. La niña miró con extrañeza los muebles y lascolgaduras, toda aquella vejez,
toda aquella podredumbre; luego púsose aobservar uno a uno los retratos. Siguiendo
su mirada y sintiéndoseincapaz, bajo la viva emoción, de formular algún concepto
cortesano,Ramiro profirió:
—Son nuestros antepasados: los Aguilas, claros varones y mujeres, quemurieron
hace mucho.
Hizo una pausa y continuó:
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