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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

Una vez en la plaza, al llegar al pie del cadalso, don Diego se apeó dela mula y
subió serenamente las gradas. Hincose, y pidió un libro dehoras para confesarse con
fray Antonio. Ramiro, colocado muy cerca,escuchó las palabras del Miserere, del
Credo, de las Letanías.
Lloviznaba. La plaza estaba repleta de muchedumbre. Algunos curiososhabían
logrado encaramarse a los tejados, hacia la parte del poniente.Por fin el verdugo se
acercó a decir que ya era tiempo. El escribano dela comisión requirió por tres veces a
Bracamonte que hiciera confesiónabierta del crimen. Ramiro oyole decir que don
Enrique Dávila y ellicenciado Daza eran inocentes y que sólo él era culpable. El
escribanoexigió que lo jurase. Entonces escuchose una voz entera que repuso:
—No me sigáis predicando, que no diré más.
Seguidamente, don Diego se puso de pie y sus ojos fueron atraídos por elmadero
contra el cual había de ser descabezado; su rostro cobró unablancura terrible, pero se
sobrepuso al instante, y, levantando lafrente, miró por última vez la ciudad, el cielo, la
luz preciosa de lavida. Todos creyeron que iba a pronunciar algunas palabras, y
oyosevasto rumor que reclamaba silencio. Ramiro, por su parte, buscó atraersu
mirada, para dirigirle un último saludo; pero aquel espíritu yaestaba lejos de la tierra y
se anticipaba a la muerte.
Por fin, cual si hubiera distinguido algún signo de lo alto, don Diegoencaminose a
recibir la negra venda en los ojos, y, sentándose en laalmohada, cogió por detrás el
madero con sus propias manos, ajustó lacabeza, y alzando la barba ofreció el
pescuezo al espantoso cuchillo.
Ramiro observó adrede la pálida testa muerta de súbito y que, asida delos cabellos,
fue mostrada hacia los cuatro lados de la plaza, en nombredel Rey. Entonces, con
gesto amplio, magnífico, para que todos levieran, quitose la gorra, exclamando:
—¡Dios reciba tu alma, gran caballero!
Dos alguaciles escucharon la frase. Uno de ellos quiso prenderle allímismo; pero el
otro le contuvo. Ramiro se retiró.
Al pasar frente a la iglesia de San Juan, un lacayo entregole un billetelacrado. Don
Diego de Valderrábano le comunicaba que, a las seis de latarde, se reunirían en su
casa varios amigos, a fin de pedir permiso alCorregidor para enterrar ellos mismos el
cuerpo de Bracamonte; y en muygraves palabras le invitaba a acompañarles en la
demanda.
Aquella noche algunos caballeros enlutados atravesaban la ciudad a laluz de las
hachas, llevando sobre los hombros largo ataúd, que fueron adepositar en la capilla de
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