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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

vociferar.Era premioso repetir el ejemplo. Una altanera ciudad acababa de ofrecerla
ocasión.
El 21 de octubre, a la vez que el ejército real, de paso para Francia,penetraba en
Aragón, aparecieron en Avila, pegadas a las puertas oparedes de la Iglesia Mayor, del
templo de San Juan, de las CarniceríasNuevas, de la casa de los Valderrábano y en
otros sitios públicos de laciudad, siete copias de aquel sedicioso pasquín que Ramiro
y el Canónigooyeron leer una tarde a don Enrique Dávila en el piso bajo del caserón.
Al día siguiente, el Corregidor don Alonso de Cárcamo despachó un correoal
Escorial. La respuesta de Su Majestad fue tan sólo un negro puñado deministros para
que formasen la causa. Se esperaba un castigo leve, y losmás chocarreros componían
letrillas y jácaras sobre el asunto.
El día 14 de febrero de 1592 fueron publicadas las sentencias. A donDiego de
Bracamonte, a don Enrique Dávila y al licenciado Daza Zimbrónse les condenaba a
ser degollados. El cura de Santo Tomó Marcos Lópezsufriría privación del sacerdocio
y beneficio, confiscación de la mitadde sus bienes, diez años de galeras y destierro ad
vitam; elescribano de número Antonio Díaz, azotes, diez años de galeras y elmismo
destierro.
Para muchos la intervención de la Providencia era patente, y a su amparoel
príncipe, extrayendo de cada ocasión un ejemplo, completaba su obra.Nada de
albedríos diseminados, nada de figurerías ni arrogancias queestorbasen el poder. La
unidad era el primer precepto de su Arte Real,la unidad invulnerable y absoluta, a
imagen y semejanza de aquella otraunidad que gobernaba los orbes. No más voluntad
que la suya, no máspensamiento que el suyo, no más fe que la que él mismo
profesaba. Elsoberano del moderno Israel debía revestirse de las tres
potenciastutelares: la ley, la espada y el efod, y ser a un tiempo el Moisés, elJosué y el
Aarón de su pueblo. Todos los tronos y las sedes le serviríande escala para elevarse
hasta los cielos y recibir él solo la consignadel Altísimo. Su sombra cubriría las
comarcas y los mares; y lasnaciones le mirarían como al nuevo arcángel, armado del
hierro y lallama, vencedor de Satán.
Entretanto España se consumía. La fiebre de aquel monstruoso delirio lesecaba los
miembros. El Rey pedía, exigía sin tregua, hidrópico detributos; y, a veces, su mano,
al escurrir la ubre enjuta de lospueblos, no sacaba sino sangre. No era posible dejar
sin paga a losejércitos y abandonar el cohecho de los príncipes y cardenales; y
labancarrota crecía, se envedijaba, se enmarañaba cual inmensa madeja depasadilla.
Las deudas tenían aliento de fiebre, la real haciendajadeaba; cada año se gastaban los
ingresos de cinco años venideros.
¿Qué expediente, qué arbitrio quedaba por ensayar? En un tiempo apañólas remesas
de oro y de plata que llegaban de las Indias paraparticulares; mercó las hidalguías, los
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