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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

don Íñigo les dejaba el antiguo patrimonio.Estaban completamente arruinados. Se
había vivido, hasta entonces,demorando el derrumbe final a fuerza de expedientes
extremos, empeñandoa los genoveses, uno a uno, todos los bienes, y vendiendo, por
último,en montón, platería, joyas, tapices. El mayordomo flamenco, que era,según
ella, la única persona que conocía en la casa el manejo delpatrimonio, y que hubiera
ingeniado tal vez nuevos arbitrios, acababa demarcharse para su país, a recoger una
herencia. No les quedaba sino elsolar, empeñado casi por entero, y algunos escudos
guardados en uncofre, que pronto se agotarían. Era forzoso, pues, vender el caserón
yresignarse a vivir en alguna casa modesta de los arrabales.
—De todos modos—añadió doña Guiomar—ya no precisas de muchos dineros.La
santa Iglesia demanda bienes más puros; y agora pienso que puedescursar la Teología
en el mesmo seminario de esta ciudad.
Ramiro escuchó a su madre con verdadero estupor.
¡Arruinados! ¿Era posible? ¿Y todos los cuantiosos caudales que veníanhasta ellos,
por incontables alianzas, desde los más remotosantepasados, todas aquellas mercedes
de los Reyes, todos aquellosseñoríos de Segovia, todas aquellas casas y heredades en
Avila y sutierra, que aparecían mentados a cada paso en sus pergaminos?
En otras circunstancias no le hubiese importado la pobreza; sabía que lafalta de
hacienda empujaba a las aventuras heroicas. Pero, ahora, suinstinto presentía un
amoroso desastre, a causa de aquellos bienesperdidos. Bajó la cabeza en silencio y,
después de un instante demeditación, declaró de lleno a su madre algo que él mismo
no habíadeterminado todavía: la intención de casarse con Beatriz; y, sin que suvoz se
alterase, díjola también el gran delito que sería seguirlaesperanzando con su falsa
vocación eclesiástica.
Doña Guiomar no pestañeó siquiera; pero sus manos restregaronnerviosamente los
brazos del sillón en que estaba sentada. EntoncesRamiro, doblando ante ella la rodilla,
tomole con frenesí ambas manos, ymirándola fijamente en los ojos, la pidió que
ayudase sus designios yque, por amor de Dios, no vendiera el solar; que pensase en la
impresiónque produciría en el ánimo de don Alonso y de su hija aquel actomenguado.
—Yo trataré con los ginoveses—agregó;—algo quedará que entregalles;aún restan
muebles y mi daga de piedras; pero, ¡por mi honra!, novendáis el solar, madre, ¡no
vendáis, no vendáis el solar!
Ella se levantó lentamente, la mano izquierda sobre el pecho:
—Con lo que acabas de decir—repuso—mi vida en el siglo ha terminado.Eres
agora el señor. Ordena, y que Su Divina Majestad te perdone.
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