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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

otros galanes amartelados; pero decidió llevarloconsigo entre el jubón y la ropilla.
Necesitaba, a su vez, de unintermediario seguro. Cohechar a doña Alvarez le
repugnaba. Hizo llamara Casilda.
La muchacha, bajando los ojos, escuchaba en silencio los mensajes eíbase a
repetirlos sin quitar ni poner. De esta suerte llevó también unasortija de diamantes y
trajo una muy señoril, con florentino selloburilado en una crisólita. Casilda fue
excelente recadera, y, segúnandaba por todos los barrios, tomaba lenguas y destapaba
secretos,aunque no lo buscase. Por ella supo Ramiro que los lacayos de Gonzalo
deSan Vicente hablaban a menudo con doña Alvarez; y que Pedro, el hermanomenor,
apenas se embriagaba en alguna taberna, poníase a gritar, dandopuñetazos sobre las
mesas, que así que Gonzalo llegara a casarse con lahija de don Alonso, él les daría, a
uno y otro, de puñaladas, la mismanoche de la boda.
Muy pronto, el día de Santa Rita y Santa Quiteria, debía Ramiro salirpara
Salamanca. Una vez allí, y al cabo de algunas semanas, comunicaríaa su madre las
disposiciones de su ánimo. Quizás al hallarse en aquellaciudad asombrosa, «pasmo
del orbe», entre los vivientes dechados depiedad y sabiduría, su corazón le empujara
irresistiblemente hacia lagloria espiritual de los soldados de Cristo. Pero si no era así,
si suvocación no se revelaba de modo patente, estaba resuelto a tomar otrasenda. Un
cuantioso patrimonio, pensaba, iba a caer bien pronto en susmanos.
El corto plazo que le restaba dedicole especialmente a Beatriz. Rondabaen torno de
su casa por la mañana y por la tarde. Veces veíala aparecerdetrás de las vidrieras;
veces, conviniéndose de antemano por intermediode Casilda, salía de la ciudad e iba a
sentarse sobre un canto, frenteal lienzo de muralla que correspondía a su mansión,
hasta verla asomarentre almena y almena.
La víspera de la partida Ramiro pasó más de una hora en aquel sitio,esperando que
Beatriz apareciera sobre la torre. Reinaba un gransilencio. El galán no apartaba los
ojos de la rugosa muralla, a cuyo piela roca granítica, rebajada por manos
inmemoriales, remeda el embate deun mar. La niña asomó, por fin; y algo blanco, un
papel, un billete,comenzó a descender en el aire con vacilante ondulación. ¿Qué
signospreciosos traerían para él aquellas alas mensajeras? ¿Cuál habría sidoel acento
escogido por su amada para poner un pedazo de su alma en lasolemne despedida?
Recibió el papel en el sombrero y lo abrió. Decía:
«Aun más de lo que os amo os amara si, en llegando a Salamanca, meescogieseis
vos mesmo, en la tienda que llaman del Zamorano, unagallarda vihuela de lindo
sonar. Quisiera viniese, luego luego, pormedio de algún viajante, pues tengo harta
necesidad. Dícenme que elcura de San Juan debe volver esta semana.
»Dichoso viaje, mi señor bachiller.
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