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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

Beatriz postrose por fin como extenuada sobre el almohadón deterciopelo, junto a
Ramiro. El perfume de sus ropas parecía más intenso.Leocadia se le acercó de
rodillas, ofreciéndola el chocolate en unajícara de oro.
—No, tráeme un barro—la dijo Beatriz.
La criada ofreciole al punto, sobre una salvilla, los destrozos de unbúcaro de Méjico
que acababa de romper. La niña cogió un casquillo deaquella tierra comestible y,
llevándoselo a la boca, comenzó adevorarlo, haciéndolo rechinar entre sus dientes.
Otras amigas laimitaron.
Ramiro hubiera querido sustraerla a todas las cortesanías y alabanzas delos demás;
sentíase receloso de cada palabra. Púsose a hablarla de símismo, de ellos mismos,
recordando los días de la niñez. A una preguntade la doncella, confiola rápidamente el
compromiso que había contraídocon su madre de partir en breve para Salamanca, a
fin de completar susestudios.
—Tengo por seguro—díjole entonces Beatriz—que vuesa merced ha dellegar a ser
un gran sabio; pero no le alabo la afición; más biensentara a su bizarría alguna guerra.
Para mí, digo yo, un soldado valemil bachilleres.
—Gloria no pequeña procura así mesmo el saber—repuso Ramiro.
—¿Cuál más grande para un galán que haber matado muchos turcos ofranceses con
la propia espada que lleva? Mi padre estuvo en una granbatalla en la mar. Mire vuesa
merced al alférez que ha peleado mucho,pero mucho, y agora viene a danzar con
nosotros, como si tal... Asíquisiera ver a vuesa merced y aún mejor.
—¿Tanto admiráis al alférez?
—Es harto gracioso y valiente.
Tres doncellas y dos mancebos tañían ahora vihuelas de arco, un rabel yun
clavicordio. Era una música que se entraba en las almas.
Ramiro sentíase como embriagado por vicioso licor y todo extraño, todoajeno a sí
mismo. Sus sentimientos familiares habían huido muy lejos,dejándole a solas con una
imperiosa pasión surgida de pronto de algúnsilo del alma y ante la cual todos los
instintos corrían a sometersecual humilde servidumbre. El no sabía lo que pensaba ni
lo que iba adecir, y por eso mismo, palpó mejor que nunca ese obscuro fondo del
ser,encima del cual, lo que él llamaba su sentimiento, su albedrío, suconciencia, no
eran sino burbujas de un profundo hervor incomprensible.Dejose llevar.
La palabra de Beatriz le sorprendió:
—Cuán pensativo hase quedado vuesa merced. ¿Sufre malencolías?
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