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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

mirada paracontemplar el delgado puente de piedra que une sus almenas y que en
eseinstante contorneaba su arco negrusco sobre un cielo de oro y de llamas.
Al viento del Sur, que había levantado desde la mañana continuosremolinos de
polvo a lo largo de las carreteras, sucedía ahora una calmade paisaje pintado. Voces
largas y jubilosas resonaban a cada instantesobre las colinas. Ramiro dejose invadir
por aquella languidez, poraquella holganza crepuscular que desunce los bueyes y
refresca en cadacabaña la frente y el pecho de los labriegos.
Entró a la ciudad, y, al cruzar la plazuela de Sofraga, vio en torno ala fuente ocho o
diez mozas de cántaro que dejaban correr la hora entrecuentos y decires, la boca llena
de risa. Aguijoneado él mismo por lased, miró como un bíblico milagro aquel fluido
abundoso que, surgiendode la sequiza muralla, empapaba los bordes del pilón y se
volcaba por lacalleja.
Detuvo el paso y recostose en el muro frontero.
Una de las mozas era muy blanca y garrida. Con el cántaro en la cadera,y apoyando
el vientre contra el duro granito, estirose con ansia hastarecibir en la boca el largo
beso del agua. Cuando se irguió de nuevo, suempapado corpiño mostró los hombros y
los pechos como si estuviesendesnudos.
La hermosa mujer, con su anhelante movimiento, antojósele a Ramiro unafigura de
lascivia. Nunca como aquella tarde, después del larguísimoencierro, sintió de modo
tan fuerte la tentación de la mujer. ¿Sería, enverdad, un soplo maldito ese incentivo
que llegaba en las ondas delaire, ese almizcle indefinido de la hembra, que hacía
temblar a lossantos y contra el cual los conventos levantaban sus poderosas
murallassin aberturas? ¿No fue, acaso, el Divino Alfarero quien torneara convisible
complacencia las formas de aquella ánfora maravillosa? ¿Cómopodía ser tan grande
pecado gustar sus delicias? ¡Ah! ¿por qué tantomiedo y tanta pena? ¿Por qué no gozar
de una bella criatura como delfruto de un árbol? ¿Por qué aquellas que le expresaban
con cautelosamirada su deseo no venían a ofrecérsele ingenuamente, una a una, como
enlos sueños? ¿Por qué tanto pavor entremezclado al más delicioso consuelodel
mundo?
A lo largo de la calleja del Tostado llegaba un grupo de gente.
Instantes después, el mancebo se halló sorprendido por Beatriz y doñaAlvarez. Una
y otra venían en sillas de manos. El negro manto de ladoncella estaba cubierto de
arena blanquizca y su tez descolorida por elpolvo; las pestañas, cenicientas; los
cabellos resecos y como canosos.Llegaban, sin duda, de alguna finca de los
alrededores.
Al pasar junto a la fuente, Beatriz no pudo reprimirse, e inclinado sucuerpo, pidió
con el gesto a las mozas que la alargasen un cántaro.Luego, echando el velo hacia
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