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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

prematuramente de su rostro, macerado por los pesares; y el negromonjil ahuyentó
para siempre los tafetanes de colores y las graciosasbasquiñas de la adolescencia.
Antes de que cumpliera los quince años, don Íñigo la había prometido encasamiento
a su primo Lope de Alcántara, con quien le ligaba, fuera deun fraternal afecto, una
noble emulación en la fidelidad y elsacrificio. Era el tal Lope un caballero cincuentón
de infelice rostro,y sólo adornado de las más severas virtudes. La doncella sentía por
élinvencible repugnancia; pero incapaz de afrontar el ánimo recio de supadre, se
resignó a ser ofrecida como tributo de aquella ejemplaramistad, que era ya citada por
todos en Segovia.
Como a toda hidalgüela, vedáronla desde temprano la lectura de loslibros de
caballerías, que tanto abundaban en la casa, pintándoseloscomo obras de pura vanidad
y de sutil incitación al pecado. Por eso, talvez, comenzó a sacarlos, uno a uno,
furtivamente, de la bibliotecapaterna y a saborearlos de noche, en la cama, a la luz de
un velón,cuando todos dormían.
La impresión de aquellas aventuras estrafalarias fue para ella como unfiltro
hechiceril. Ya no pensaba sino en bizarro y generoso caballeroque viniese a libertarla
y la llevase lejos, muy lejos, en la grupa delpalafrén. Comenzó a vivir en la amorosa
cavilación, en los coloquios yraptos de las historias, soñando despierta, olvidando la
vidacuotidiana, dando respuestas absurdas y palpando las cosas, como unasonámbula,
sin saber lo que buscaba. Aficionose a los olores, a losjubones recamados de
canutillos y aljófar. Aliñose como nunca las manosy la guedeja. Los confesores la
previnieron; pero ya no era tiempo.
Una tarde de verano, en Segovia, contemplando desde su habitación elrojo
deshojamiento del crepúsculo sobre el valle del Eresma, vio pasarpor la calle a un
arrogante galán que se detuvo a mirarla. Iba vestido alo soldado, con harta pluma en
el sombrero. Una daga cubierta de piedraspreciosas brillaba sobre sus gregüescos
acuchillados.
Aquella escena muda se repitió varias veces. Algunas noches una vozllorosa y
sombría cantaba debajo de su ventana, al son de una guzla. Elbillete atado a una
piedra no se hizo esperar. Por fin los garfios deuna escala de seda se engancharon a su
balcón, y su labio sorbió, sobreSegovia dormida, el deliquio del primer beso nocturno.
Cuando se hubo rendido por entero al pecado, y la arrancaron de suembriaguez los
primeros anuncios de la maternidad, creyó enloquecerse.Sin esperar, reveló todo a su
padre. Entretanto el seductor desaparecíade Segovia. Medrano fue encargado de ir en
su busca. Poco después, enArévalo, el mismo desconocido se presentó al escudero,
declarando sunombre y su raza. Era un morisco.
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