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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

estacionaba junto auna pila, con los dedos puestos al borde, esperando seguramente
aBeatriz.
—¡Es fuerza vencer aquí mesmo!—se dijo. Y, empujado por
irresistiblemovimiento, fue a colocarse, casi oculto, tras la misma columna. De
estasuerte, cuando Beatriz se halló a pocos pasos y Gonzalo se adelantó aofrecerla el
agua bendita en los dedos, Ramiro mojó a su vez,brevemente, los suyos, y los alargó
también hacia ella, con gestoimperioso y tranquilo. Sorprendida por aquel doble
ademán, la doncellavaciló; pero, en seguida, bajando los ojos, tendió al pasar
sutemblorosa mano hacia la mano de Ramiro.
Los dos mancebos se miraron un instante de un modo terrible. Gonzalotomó una
expresión iracunda; mientras Ramiro, alzando la cabeza ylevantando por detrás su
capa con el estoque, le observaba por arribadel hombro, con una sonrisa más
insultante que toda palabra.
Cuando Ramiro, al salir del templo, puso de nuevo los pies en la soleadaplazuela,
pareciole que aquellos vecinos y forasteros, palacios ytorres, cosas y seres, no eran
sino el teatro aparejado por Dios paralos episodios de su historia; y que él era toda la
vida, y toda la vidaun engendro de su alma. El demonio del orgullo levantole en los
espaciossobre el hormiguero de los hombres, y, otra vez, bajo el solembriagador,
sintió en su frente el beso o la mordedura de invisiblequimera.
Todo el día lo pasó vagando por la ciudad. Densos perfumes
primaveralesdesbordaban las tapias de los huertos y flotaban en las callejuelas. Else
sentía también renacer con las flores y los follajes.
Aunque la herida le molestaba, salió de nuevo a pasearse después decenar. Las
constelaciones temblaban en el azul inmenso y liso de lanoche. Recordó que la Iglesia
festejaba anticipadamente la Resurreccióny que el cuerpo de Jesús había permanecido
en el sepulcro hasta lamañana siguiente, y con aquella idea, al levantar los ojos al
cielo,parecíale aspirar los aromas del divino sudario y como una sagradafrescura que
bajara de las estrellas.
Una vez en su estancia, y después de unos minutos de descanso, sintió enel costado
el fulguroso dolor de otros tiempos. La llaga estabareabierta. Al otro día el cirujano le
prescribió nueva reclusión.
Para su dicha, el escudero presentose una hora después, y, habiéndoleoído quejarse,
se atrevió a decirle:
—Esto me recuerda un flechazo que recibí en las costas de Trípoli. Vinola gangrena
y no me dejaba. Creyéndome un día curado, bajé de la flota,y dale otra vez. Por fin un
amigo segoviano arrimome un caño de arcabuzbien rojo a la llaga, y poco después
pude pasearme.
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