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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

Las parlerías de doña Alvarez, y además las desnudas estatuas de metal yde
mármol, traídas de Italia por don Alonso, habían disipado desdetemprano su
inocencia.
Leocadia, su criada favorita, después de restregarla y besarla los piesrepetidas
veces, estirábala ahora, sobre las piernas, las ceñidas mediascolor de bronce, cuya
seda reflejó, sobre la escultural perfección,firme trazo de luz. Luego, habiéndola
calzado las rojas chinelasperfumadas con ámbar, levantó delicadamente la camisa de
noche y diolaun beso en la carne. La niña la contuvo con ambas manos,
exhalandomelindrosa quejumbre.
La misma doncella sacó después de un arcón otra camisa con puntas y vinoa
ofrecérsela sobre un azafate. Entonces, Beatriz, cogiendo ydesplegando aquella
prenda olorosa y encintada, cerró, tras sí, losdamascos amarillos que pendían del
sobrecielo. Sus piernas, más fuertesque el resto de su persona, quedaron asomando
por la abertura. Preciososrapacejos de diamantes exornaban las ligas.
Tibio perfume, que no venía de ningún pomo de olor, ni arquilla deesencias, sino
del lecho entreabierto y de las ropas de la víspera,abandonadas sobre los taburetes,
sahumaba el ambiente de la alcoba.
Una criada aparejaba en el tocador las toallas, el aguamanil, lajofaina. Otra, el
patético albayalde para la tez y el sanguinolento botepara amapolar levemente las
mejillas. Beatriz dejose apenas lavar. Elfrío del agua la hacía golpear en el suelo con
el chapín. La criada lapasaba, entonces, sobre la garganta y los hombros, a modo de
un céfiro,el paño humedecido. En cambio, ella aceptaba con delicia los
perfumes.¿Para qué más? ¿Acaso el ámbar, el agua de ángel, la algalia, no dejabanel
cuerpo oloroso cual mazo de flores?
Dos esclavas de Italia la servían de rodillas. La más joven sabíaalargar los ojos con
el kohl, a la usanza turquesca. Llevaba aretesenormes y un turbante verde con listas
gualdas y purpurinas. Eralánguida y rubia, como una virgen del Sanzio. Don Alonso
la habíacomprado a un capitán de galeras; y, cuando el hidalgo regresaba de laCorte,
era ella quien le llevaba al lecho, todas las noches, elcocimiento aromatizado para
dormir.
Beatriz pidió su libro de devoción, para meditar, a su modo, el Misteriodel día,
mientras la aderezaban la lacia cabellera, cuya negrura imitabaa trechos la morada
vislumbre del palisandro.
Una cascada de sol, traspasando los vidrios, entraba de sesgo en laestancia. El don
rutilante y divino chispeaba en los objetos de plata,en el nácar y el metal de las
incrustaciones, en el galón de lascolgaduras, cayendo sobre el tapiz como una lluvia
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