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La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo

La obscuridad embozándole el rostro favorecía su discurso. Sólo quedabala pura
emanación de la mente; y las ideas parecían brillar con másfuerza en la sombra, como
las ascuas de los braseros.
XXIV
Dos días después sobrevino un hecho inesperado. Sería algo más de launa. Sentado,
como de costumbre, junto a la ventana, Ramiro hojeaba alazar el Cordial, el Arte de
bien morir, el Contemptus Mundi. Lavidriera dejaba pasar una luz plomiza y
melancólica. No se escuchaba enla estancia otro rumor que el de las páginas en el
silencio. De pronto,una onda ignota, un soplo, algo inexplicable, hízole mirar hacia
afuera.La calle estaba gris y solitaria; pero un instante después, viniendo dellado de
Mediodía, aparecieron dos lacayos, con la librea amarilla y azulde los Blázquez, en
seguida un alto escudero con traje de grana y botasde camino, y, por último, en silla
de manos, Beatriz. Doña Alvarez, ladueña, caminaba detrás, golpeando las losas con
el báculo.
La niña dejábase conducir con garbo desdeñoso de infanta. El negro velodescubría
tan sólo el ruedo de la saya, donde un plateado galón chapeabatres veces el terciopelo
turquí. Ramiro se levantó. Toda la gracia de lamujer pasaba ahora ante él, delicada y
terrible. La blancura de aquelrostro, oreado por el cierzo, hacía pensar en las hostias;
y era, enverdad, como el viático de su amor, el viático de su pasión, olvidada
ymoribunda.
Una vez frente a la ventana, Beatriz insinuó un vago saludo, haciendoflorecer en su
labio una sonrisilla mortificante. Algo más lejos, cuandoiba a dejar la plazuela,
volviendo su rostro hacia aquella máscaratriste que se borraba por momentos detrás
del reflejo acuoso de losvidrios, tornó a sonreír; y así, acompañando con la cabeza el
blandovaivén de la silla, desapareció con su gente.
Ramiro arrojó el Arte de bien morir sobre una mesa cubierta de libros.
A la mañana siguiente, el criado que vino a despertarle quedoseperplejo. Su señor
no se había quitado las ropas para dormir.
Pasaron los días, largos días de prisión, que él acortaba con lalectura, o pintando al
óleo, con asombrosa destreza, sobre tablas denogal, figuras de Vírgenes y de Santos.
El Canónigo venía a visitarle amenudo y le incitaba siempre a que abrazara la carrera
eclesiástica.Cierto día le dijo:
—La causa de las moriscas va a principiarse. No tardarán en llamaros atestificar.
Como estaba junto a la ventana, y miraba en aquel momento hacia lacalle, exclamó:
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