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La Gaviota

—Que no voy ni hecho trizas—recalcó Momo.
—José—dijo la tía María al ver salir al pastor—, ¿vas al
lugar?
—Sí, señora, ¿qué me tiene usted que mandar?
Hízole la buena mujer sus encargos y añadió:
—Ese Momo, ese mal alma, no quiere ir, y yo no se lo quiero
decir a supadre, que le haría ir de cabeza, porque llevaría una
soba tal, que nole había de quedar en su cuerpo hueso sano.
—Sí, sí, esmérese usted en cuidar a esa cuerva, que le sacará
losojos—dijo Momo—. ¡Ya verá el pago que le da!, y si no..., al
tiempo.
Capítulo IX
Un mes después de las escenas que acabamos de referir,
Marisalada sehallaba con notable alivio y no demostraba el
menor deseo de volversecon su padre.
Stein estaba completamente restablecido. Su índole benévola,
susmodestas inclinaciones, sus naturales simpatías le apegaban
cada día másal pacífico círculo de gentes buenas, sencillas y
generosas en quevivía. Disipábase gradualmente su amargo
desaliento y su alma revivía yse reconciliaba cordialmente con
la existencia y con los hombres.
Una tarde, apoyado en el ángulo del convento que hacía frente
al mar,observaba el grandioso espectáculo de uno de los
temporales que sueleninaugurar el invierno. Una triple capa de
nubes pasaba por cima de él,rápidamente impelida por el
vendaval. Las más bajas, negras y pesadasparecían la vetusta
cúpula de una ruinosa catedral que amenazasedesplomarse.
 
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