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La Gaviota

—Guarde usted su dinero—respondió la tía María—y sepa
que el doctorha venido aquí en primer lugar por Dios, y en
segundo..., por mí—la tíaMaría dijo estas últimas palabras con
un ligero tinte de fatuidad.
Con esto, se pusieron en camino.
—No ha de parar usted, madre abuela—dijo Momo, que
caminaba detrás deGolondrina—, hasta llenar de gentes el
convento, tan grande como es.Y qué, ¿no es bastante buena la
choza para la principesa Gaviota?
—Momo—respondió su abuela—, métete en tus calzones:
¿estás?
—Pero ¿qué tiene usted que ver ni qué le toca esa gaviota
montaraz paraque asina la tome a su cargo, señora?
—Momo, dice el refrán, «¿quién es tu hermana?, la vecina
más cercana»;y otro añade: «al hijo del vecino quitarle el moco
y meterlo en casa», yla sentencia reza: «al prójimo como a ti
mismo».
—Otro hay que dice, al prójimo contra una esquina—repuso
Momo—.¡Pero nada!, usted se ha encalabrinado en ganarle la
palmeta a San Juande Dios.
—No serás tú el ángel que me ayude—dijo con tristeza la tía
María.
Dolores recibió a la enferma con los brazos abiertos,
celebrando comomuy acertada la determinación de su suegra.
Pedro Santaló, que había llevado a su hija, antes de volverse,
llamóaparte a la caritativa enfermera y, poniéndole las monedas
de oro en lamano, le dijo:
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