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La Gaviota

—¡Pobre, pobre Stein!—dijo la condesa.
—Dios le tenga en su gloria!—añadió la madre.
—Sobre la conciencia de la maldita cantatriz va la muerte de
ese hombrede bien—dijo el general.
—Yo, que me creo invulnerable—prosiguió Rafael—, aunque
no habíatenido la epidemia, fui a verle cuando supe que estaba
enfermo.
—¡Mi buen Rafael!—dijo la condesa tomando la mano de su
primo.
—La enfermedad fue tan violenta, que le encontré casi en las
últimas,pero le hallé tan tranquilo y tan benévolo como siempre.
Me dio graciaspor mi visita, y me dijo que era una felicidad para
él ver una caraamiga antes de morir. Me pidió pluma y papel,
escribió casi moribundoalgunos renglones, y me pidió que
pusiese el sobrescrito a su mujer, yque se los enviase juntamente
con su fe de muerto. En seguida lesobrevinieron los vómitos, y
murió con una mano en la del sacerdote quele ayudaba a bien
morir y la otra en la mía. Yo te entregaré estedepósito, prima,
para que lo envíes con un hombre de confianza aVillamar,
donde probablemente se habrá retirado ella al lado de supadre.
He aquí la carta—dijo Rafael—, sacando del bolsillo un
papelcuidadosamente doblado. Yo la leo algunas veces como se
lee un himno.
La condesa desplegó la carta y leyó:
«María: tú a quien tanto he amado, y a quien amo aún; si mi
perdón puedeahorrarte algunos remordimientos, si mi bendición
puede contribuir a tufelicidad, recibe ambos desde mi lecho de
muerte.»
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