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La Gaviota

Apenas cerró el duque la puerta, cuando Pepe Vera salió por la
de laalcoba, riéndose a carcajadas.
—¿Quieres callar?—le dijo María haciendo reflejar los rayos
de la luzen el solitario que el duque acababa de regalarle.
—No—respondió el torero—, porque me ahogaría la risa. Ya
no estoyceloso, Mariquita. Tantos celos tengo como el sultán en
su serrallo.¡Pobre mujer! ¿Qué sería de ti, con un marido que te
enamora con recetasy un cortejo que te obsequia con coplas, si
no tuvieras quien supieracamelarte con zandunga? Ahora que el
uno se ha ido a soñar despierto yel otro a velar dormido,
vámonos tú y yo a cenar con la gente alegre,que aguardándonos
está.
—No, Pepe. No me siento buena. El sofocón que he tomado,
el frío quehacía al salir del teatro, me han cortado el cuerpo.
Tengo escalofríos.
—Tus dengues de princesa—dijo Pepe Vera—. Vente
conmigo. Una buenacena te sentará mejor que no esa zonzona
horchata, y un par de vasos debuen vino te harán más provecho
que la asquerosa leche de burra; vamos,vamos.
—No voy, que hace un norte de Guadarrama, de esos que no
apagan una luzy matan a un cristiano.
—Pues bien—dijo Pepe—, si esa es tu voluntad y quieres
curarte ensalud, buenas noches.
—¡Cómo!—exclamó María—. ¿Te vas a cenar y me dejas?
¿Me dejas sola ymala como lo estoy, por tu causa?
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