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La Gaviota

Viajaba por gusto, y era esencialmente bueno, aunque un
sentimientovirtuoso de cólera no le impeliese a estrellarse contra
los vicios y losextravíos de la sociedad. Es decir, que no se
sentía con vocación deatacar los molinos de viento, como don
Quijote. Érale mucho más gratoencontrar lo bueno, que buscaba
con la misma satisfacción pura ysencilla, que la doncella siente
al recoger violetas. Su fisonomía, sugracia, su insensibilidad al
frío y a la desazón general, estabandiciendo que era español.
Paseábase observando con mirada rápida y exacta la reunión,
que, a guisade mosaico, amontonaba el acaso en aquellas tablas,
cuyo conjunto sellama navío, así como en dimensiones más
pequeñas se llama ataúd. Perohay poco que observar en hombres
que parecen ebrios, y en mujeres quesemejan cadáveres.
Sin embargo, mucho excitó su interés la familia de un oficial
inglés,cuya esposa había llegado a bordo tan indispuesta, que
fue precisollevarla a su camarote; lo mismo se había hecho con
el ama, y el padrela seguía con el niño de pecho en los brazos,
después de haber hechosentar en el suelo a otras tres criaturas de
dos, tres y cuatro años,encargándoles que tuviesen juicio, y no
se moviesen de allí. Los pobresniños, criados quizá con gran
rigor, permanecieron inmóviles ysilenciosos como los ángeles
que pintan a los pies de la Virgen.
Poco a poco el hermoso encarnado de sus mejillas
desapareció; susgrandes ojos, abiertos cuan grandes eran,
quedaron como amortiguados yentontecidos, y sin que un
movimiento ni una queja denunciase lo quepadecían, el
sufrimiento comprimido se pintó en sus rostros asombrados
ymarchitos.
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