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La Gaviota

su comisión,sino que indujo en el terror, en que su torpeza
indócil le hizo caer, atodas aquellas buenas gentes.
La cara de don Modesto se le alargó dos pulgadas.
El cura dijo una misa por el alma de María.
Ramón Pérez ató un lazo negro a su guitarra.
Rosa Mística dijo a don Modesto:
—¡Dios la haya perdonado! Bien dije yo que acabaría mal.
Ustedrecordará que por más que procuraba yo guiarla a la
derecha, ellasiempre tiraba a la izquierda.
La tía María, calculando que en vista de la catástrofe no le
seríaposible a don Federico venir por entonces, se decidió a
confiar la curadel tío Pedro a un médico joven que había
reemplazado a Stein enVillamar.
—No fío de su ciencia—le decía a don Modesto, que se le
recomendaba—;no sabe recetar más que aguas cocidas, y no hay
cosa que debilite más elestómago. Por alimento manda caldo de
pollo; ahora ¿me querrá usteddecir las fuerzas que podrá reponer
semejante bebistrajo? Todo estátrastornado, mi comandante;
pero deje usted que pase un poco de tiempoy, desengañados, se
volverán a lo que la experiencia de muchos siglos haacreditado
de bueno; que al cabo de los años mil, vuelven las aguas
pordonde solían ir. Lo que atrevidas manos echaron abajo, el
tiempo lolevantará; pero después de haber echado algunas almas
a su perdición yenviado muchos cuerpos al hoyo.
El médico halló al tío Pedro tan grave, que declaró ser
necesario elprepararlo.
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