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La Gaviota

El triunfo que obtuvo María al estrenarse en aquella nueva
liza,sobrepujó al que había logrado en Sevilla. No parecía sino
que se habíanrenovado los días de Orfeo y de Anfión y las
maravillas de la lira delos tiempos mitológicos. Stein estaba
confuso. El duque, embriagado.Pepe Vera dijo un día a la
cantaora: «¡Caramba, María, te palmoteanque ni que hubieses
matado un toro de siete años!»
María estaba rodeada de una corte numerosa. Formaban parte
de ella todoslos extranjeros distinguidos que se hallaban a la
sazón en la capital, yentre ellos había algunos notables por su
mérito, otros por sucategoría. ¿Qué motivos los impulsaba?
Unos iban por darse tono, segúnla locución moderna. ¿Y qué es
tono? Es una imitación servil de lo queotros hacen. Otros eran
movidos por la misma especie de curiosidad queincita al niño a
examinar los secretos resortes del juguete que ledivierte.
María no tuvo que hacer el menor esfuerzo para sentirse muy a
susanchas en medio de aquel gran círculo. No había cambiado
en lo máspequeño su índole fría y altanera; pero había más
elegancia en sutalante y mejor gusto en su modo de vestir;
adquisiciones maquinales yexteriores, que a los ojos de ciertas
gentes, pueden suplir la falta deinteligencia, de tacto y de
buenos modales. Por la noche, en las tablas,cuando el reflejo de
las luces blanqueaba su palidez y aumentaba elrealce de sus ojos
grandes y negros, parecía realmente hermosa.
El duque estaba de tal modo fascinado por aquella mujer, en
cuyostriunfos le tocaba alguna parte, pues cumplían sus
pronósticos, y talera el entusiasmo que su canto le inspiraba, que
no tuvo inconvenienteen pedirle que diese lecciones de música a
su hija, no obstante querecordaba el pronóstico de su amable
amiga de Sevilla y estremecía alreflexionar sobre el
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