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La Gaviota

María, dirigida en su tocador por los consejos de su patrona,
sepresentó malísimamente pergeñada. Un vestido de foulard
demasiadocorto, y matizado de los más extravagantes colores;
un peinado singracia, adornado con cintas encarnadas muy
tiesas; una mantilla de tulblanco y azulado guarnecida de encaje
catalán, que la hacía parecer másmorena: tal era el adorno de su
persona, que necesariamente debíacausar, y causó, mal efecto.
La condesa dio algunos pasos para salir a su encuentro. Al
pasar junto aRafael, este le dijo al oído, aplicando las palabras
de la fábula delcuervo de De la Fontaine:
—Si el gorjeo es como la pluma, es el fénix de estas selvas.
—¡Cuánto tenemos que agradeceros—dijo la condesa a
María—vuestrabondad en venir a satisfacer el deseo que
teníamos de oíros! ¡El duqueos ha celebrado tanto!
María, sin responder una palabra, se dejó conducir por la
condesa a unsillón colocado entre el piano y el sofá.
Rita, para estar más cerca de ella, había dejado su puesto
ordinario ycolocádose junto a Eloísa.
—¡Jesús!—dijo al ver a María—, si es más negra que una
morcillaextremeña.
—No parece—añadió Eloísa—sino que la ha vestido el
mismísimo enemigo.Parece un Judas de Sábado Santo. ¿Qué os
parece, Rafael?
—Aquella arruga que tiene en el entrecejo—respondió
Arias—le da todoel aspecto de un unicornio.
Entre tanto, María no descubrió el menor síntoma de cortedad
ni deencogimiento en presencia de una reunión tan numerosa y
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