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La Gaviota

—¿Qué queréis, tío?—respondió Arias—. Los silfos de los
jardines deLutecia se han convertido en gnomos teutónicos de la
Selva Negra.
—No por eso son más amables—añadió la marquesa.
Rafael, huyendo del mayor, se intercaló en los grupos que
formaban lostertulianos. Llegó al de las jóvenes, algunas de las
cuales eran susparientas. Entre ellas tenía gran partido, pero
viendo que no les hacíacaso por atender a sus recomendados, se
habían conjurado contra él yquerían vengarse. Apenas se les
acercó, cuando todas quedaron de repentegraves y silenciosas.
—¿Si me habré convertido yo, sin saberlo, en cabeza de
Medusa?—dijoArias.
—¡Ah!, ¿eres tú?—dijo una de las conspiradoras.
—Me parece que sí, Clarita—respondió Rafael.
—Es que hace tanto tiempo que no te veo, que ya te
desconocía. Meparece que estás avejentado. ¿Cómo has podido
separarte de tusextranjeros?
—¡Míos!—repuso Arias—, renuncio la propiedad, Y en
cuanto a haberenvejecido, cuando yo nací, Clarita, era ya el
siglo mayor de edad; porconsiguiente, ajusta la cuenta.
—Serán los afanes y fatigas que te dan tus recomendados los
que te hanpuesto viejo.
—Hay quien dice—añadió otra muchacha—que los
extranjeros estánhaciendo una suscripción para levantarte una
estatua.
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