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La Gaviota

—¡Y si es un ladrón!
—Quien se está muriendo, no roba.
—Y si le da una enfermedad larga, ¿quién la costea?
—Ya han matado una gallina para el caldo—dijo Momo—; yo
he visto lasplumas en el corral.
—¿Madre, ha perdido usted el sentido?—exclamó Manuel
colérico.
—Basta, basta—dijo la madre con voz severa y dignidad—.
Caérsetedebía la cara de vergüenza de haberte incomodado con
tu madre, sólo porhaber hecho lo que manda la ley de Dios. Si tu
padre viviera, no podríacreer que su hijo cerraba la puerta a un
infeliz que llegase a ellamuriéndose y sin amparo.
Manuel bajó la cabeza, y hubo un rato de silencio general.
—Vaya, madre—dijo en fin—; haga usted cuenta que no he
dicho nada.Gobiérnese a su gusto. Ya se sabe que las mujeres se
salen siempre conla suya.
Dolores respiró más libremente.
—¡Qué bueno es!—dijo gozosa a su suegra.
—Tú podías dudarlo—respondió ésta sonriendo a su nuera, a
quien queríamucho, y levantándose para ir a ocupar su puesto a
la cabecera delenfermo—. Yo, que lo he parido, no lo he dudado
nunca.
Al pasar cerca de Momo, le dijo su abuela:
—Ya sabía yo que tenías malas entrañas; pero nunca lo has
acreditadotanto como ahora. Anda con Dios; te compadezco:
eres malo, y el que esmalo, consigo lleva el castigo.
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