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La Gaviota

Marisalada y susamigos, y, antes que a todo, al elegante y joven
coronel de que hemoshablado.
Nada existía en el mundo para esta madre, sino su hijo, a cuya
cabecerahabía pasado quince días sin comer, sin dormir,
llorando y rezando. Ladentición del niño no podía avanzar, por
no poder romper las encíashinchadas y doloridas. Su vida
peligraba. El duque aconsejó a laafligida madre que consultase a
Stein; y, verificado así, el hábilalemán salvó al niño con una
incisión en las encías. Desde aquelmomento, Stein llegó a ser el
amigo de la casa. La condesa le estrechóen sus brazos; y el
conde le recompensó como podría haberlo hecho unpríncipe. La
marquesa decía que era un santo; el general confesó quepodía
haber buenos médicos fuera de España. Rita, con toda su
aspereza,se dignó consultarle sobre sus jaquecas, y Rafael
declaró que el díamenos pensado iba a romperse los cascos, para
tener el gusto de que lecurase el GRAN FEDERICO.
Una mañana, la condesa estaba sentada, pálida y desmejorada
a lacabecera de su hijo dormido. Su madre ocupaba una silla
muy baja, y,como antídoto contra el calor, tenía el abanico en
continuo movimiento.Rita se había establecido delante de un
gran bastidor y estaba bordandoun magnífico frontal de altar,
obra que había emprendido en compañía dela condesa.
Entró Rafael.
—Buenos días, tía: buenos días, primas. ¿Cómo va el heredero
de losAlgares?
—Tan bien como puede desearse—respondió la marquesa.
—Entonces, mi querida Gracia—continuó su primo—, me
parece que ya estiempo de que salgas de tu encierro. Tu
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