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La Gaviota

don Pedro, cuyamemoria es allí la más popular, después de la
del santo rey Fernando.
Cerca de la torre del Oro hay un muelle que mandaron
construir loscanónigos, cuando se edificaba la catedral, para el
cómodo desembarco delos materiales de la obra, y en él
cobraban un muellaje de todos los queallí desembarcaban. Don
Pedro, apurado de dinero, hizo uso de estosfondos en calidad de
empréstito forzado. Parece que este monarca, muyjoven aún,
tenía la memoria muy flaca en materia de deudas, puesto queel
cabildo pensó acudir a la justicia para reclamar el pago de
lacontraída. Pero ¿dónde estaba un escribano bastante valiente
parapresentarse a don Pedro con una notificación en la mano?
Era necesariopara esto un escribano Cid, o Pelayo, como no
suele haberlos en elmundo. La curia tomó sus medidas; y he
aquí el arbitrio de que echómano. Un día en que el rey se
paseaba a caballo cerca del susodichomuelle, vio venir un batel,
que se detuvo a una respetuosa distancia desu persona. En este
batel se hallaba una especie de cuervo o pajarraconegro de mal
agüero. El rey quedó atónito al ver en el río esta visión,porque la
gente que de negro se viste, suele ser tan poco aficionada aMarte
como a Neptuno. Pero ¡cuánto no crecería su asombro cuando
oyó unavoz agria que le decía: «A vos, don Pedro, intimamos...»
No pudo decirmás, porque el rey, echando centellas por los ojos,
sacó la espada,aguijoneó el caballo y se arrojó al agua sin
reflexionar lo que hacía.¡Cuál no sería el terror del pájaro negro!
Dejó caer los papeles, seapoderó del remo y se puso en salvo. Es
de presumir que el pueblo, tanadmirador del valor temerario,
como enemigo de las maniobras judiciales,aplaudiese este hecho
con entusiasmo. Nosotros, que gustamos de todo loque es
grande, aunque sea una ira real, hemos referido esta
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