—Y sin embargo, tenéis mil adoradores—repuso sonriendo el
duque.
—Pues no soy diablo—dijo la condesa—; pero soy zahorí.
—El tirador no acierta cuando el tiro salva el blanco.
—Os aplazo para dentro de aquí a seis meses,
invulnerableAquiles—repuso la condesa.
—Callad por Dios, condesa—exclamó el duque—; lo que en
vuestra bellaboca es una chanza ligera, en las bocas de víboras
que pululan en lasociedad, sería una mortal ponzoña.
—No tengáis cuidado: no seré yo quien tire la primera piedra.
Soyindulgente como una santa, o como una gran pecadora; sin
ser ni lo unoni lo otro.
Nada satisfecho salía el duque de esta conversación, cuando a
la puertale detuvo el general Santa María.
—Duque—le dijo—, ¿habéis visto cosa semejante?
—¿Qué cosa?—preguntó escamado el duque.
—Sí, lo pregunto y deseo respuesta.
—¡Un coronel de veintitrés años!
—En efecto, es algo prematuro—contestó el duque
sonriéndose.
—Es un bofetón al Ejército.
—Es dar un solemne mentís al sentido común.
