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La Gaviota

cayeron en él. El caballo reventóy la Esencia se ha quebrado
cuantos huesos tiene su cuerpo. Le hanllevado allá en unas
parihuelas, y aquello se ha vuelto una Babilonia.Parece el día
del juicio. Todos andan desatentados, como rebaño en queentra
el lobo. El único que está cariparejo es el que dio el batacazo.Y
un real mozo que es, por más señas. Allí andaban todos
aturrulladossin saber qué hacer. Madre abuela les dijo que había
aquí un cirujano delos pocos; mas ellos no lo querían creer. Pero
como para traer uno deCádiz, se necesitan dos días, y para traer
uno de Sevilla, se necesitanotros tantos, dijo su Esencia que lo
que quería era que fuese allá elrecomendado de mi abuela; y
para eso he tenido que venir yo, pues no meparece sino que ni
en el mundo ni en la vida de Dios hay de quién echarmano sino
de mí. Ahora le digo a usted mi verdad: si yo fuera que usted,ya
que me habían despreciado, no iba ni a dos tirones.
—Aunque yo fuese capaz—respondió Stein—de infringir mi
obligación decristiano, y de profesor, necesitaría tener un
corazón de bronce paraver padecer a uno de mis semejantes sin
aliviar sus males pudiendohacerlo. Además, que esos caballeros
no pueden tener confianza en mí,sin conocerme; y esto no es
ofensa, ni aun lo sería, si no la tuviesen,conociéndome.
Con esto llegaron al convento.
La tía María, que aguardaba a Stein con impaciencia, le llevó a
dondeestaba el desconocido. Habíanle puesto en la celda prioral,
dondeapresuradamente, y lo mejor que se pudo, se le había
armado una cama. Latía María y Stein atravesaron la turbamulta
de criados y cazadores querodeaban al enfermo. Era este un
joven de alta estatura. En torno de suhermoso rostro, pálido pero
tranquilo caían los rizos de su negracabellera. Apenas le hubo
mirado Stein, lanzó un grito, y se arrojóhacia él temeroso de
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