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La Gaviota

—Don Federico—dijo Manuel, despidiéndose de los novios,
que seguíanhacia la choza—, cuando usted se arrepienta de lo
que acaba de hacer,nos juntaremos y cantaremos a dos voces la
misma letra.
Y siguió hacia el convento, oyéndose en el silencio de la
noche su claray buena voz, que cantaba:
Mi
mujer
y
mi
caballo,
se
me
murieron
a
un
tiempo.
¡Qué
mujer
ni
qué
demonio!
Mi caballo es lo que siento.
—Vete a acostar, Manuel, y liberal—le dijo su madre cuando
llegaron.
—De eso cuidará mi mujer—respondió este—. ¿No es verdad,
morena?
—Lo que yo quisiera es que estuvieses dormido ya—contestó
Dolores.
—¡Mentira! ¡Cómo habías tú de querer guardarte en el buche
el sermónsin paño, que me tengo que zampar yo, entre duerme y
vela, si he dedormir en cama! ¡Fácil era!
—¿Y no sabes tú taparle la boca?—le dijo riendo su cuñado.
—Oye, José—contestó Manuel—, ¿has hallado tú entre las
breñas ocuevas del campo lo que a una mujer pueda tapar la
boca? Mira que si lohas hallado no faltará quien te lo compre a
peso de oro; por esos mundosno lo he encontrado ni conocido en
la vida de Dios. Y se puso a cantar:
Más
fácil
es
apagarle
sus
rayos
al
sol
que
abrasa,
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